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La opinión

Implacables o ridículos

Todo eso es perseguible. Pero, ¿terrorismo? ¿rebelión?

Pablo Palacios (Cadena SER)

Vamos a ver, cómo digo esto para que se me entienda. Josep Tarradellas, el que fuera president de la Generalitat en el exilio –este sí en un exilio de verdad– y el primero desde la restauración del autogobierno en Catalunya, tenía una frase lapidaria: “En política –decía Tarradellas– se puede hacer de todo menos el ridículo”. Creo, sinceramente, que en el discurrir del “procés” en Catalunya y del “proceso”, como respuesta, que activaron el gobierno y el estado español, ha habido algunos momentos donde el aviso de Tarradellas ha caído en saco roto; episodios donde la épica ha cedido el paso al friquismo; es mi opinión.

Lo que me preocupa, y me inquieta aún más, es que eso se pueda trasladar al ámbito de la justicia; porque estamos hablando de algo demasiado serio. Vamos a ver, desde que un tribunal alemán sentenció que a Puigdemont no se le puede juzgar por rebelión porque no ha habido suficiente violencia como para apuntalar el delito, asistimos a una reacción enrabietada, como de ofensa nacional que no creo que nos conduzca a nada bueno. Y ya la operación de hoy de la Guardia Civil en Catalunya contra los autodenominados comités de defensa de la República, bajo la acusación de rebelión ¡y de terrorismo! Por cortar autopistas y carreteras, por querer bloquear el puerto. Creo que eso, entre otras cosas, hace buena la frase de Tarradellas: huele directamente a ridículo.

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Pero es que además esa sobreactuación difumina la gravedad de algunos comportamientos indeseables; porque efectivamente, no se pueden –no se deben– cortar carreteras ni bloquear los peajes de las autopistas; como tampoco se puede impedir la salida de unos funcionarios que están en misión judicial en un edificio oficial; ni aporrear los coches de la guardia civil ni acosar impunemente las sedes de partidos políticos que no comulgan con la independencia. Todo eso es perseguible. Pero, ¿terrorismo? ¿rebelión?

En fin, cualquier estudiante de primero de derecho –no hace falta cursar ningún máster– sabe que la justicia no es justicia si no se aplica con proporcionalidad. Y que medidas extravagantes impuestas bajo la cobertura formal de la ley las convierten en otra cosa.

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