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Rajoy y el penalti

Con las encuestas en contra, el presidente del Gobierno y del PP marcará con su decisión sobre Cifuentes el futuro inmediato del partido

Mariano Rajoy durante la rueda de prensa con el primer ministro danés, Lokke Rasmussen. / ()

Al entrar en el tiempo del descuento, cuando las encuestas le abocaban a la prórroga contra Ciudadanos, Mariano Rajoy tuvo que poner la pelota en el punto de penalti. Era el momento más agónico, en mitad de una legislatura que, en realidad, no existe, sin presupuestos y sin arreglo en Cataluña. Ahí estaba Rajoy, patrón del partido que lo gobernó todo y que ahora se despeñaba en la tabla, agarrado al gobierno de Madrid para mantener la heráldica. Había en la grada un griterío enorme y, en el campo, algunos protestaban a la manera de Buffon, cubiertos de ira. Cementerio de másteres, le increpaban. Pero Rajoy se abstraía en si tiraba o no tiraba el penalti mientras notaba en el cogote el aliento del rival, que era de esos que se imaginan como aquella Holanda de los setenta que rompió el fútbol con su juego naranja en el que nunca sabías si lanzarían la pelota a la izquierda, al centro o a la derecha.

Ahí estaba Rajoy, en fin, con aires de Arsenio Iglesias y preguntándose cómo había llegado a eso, si él no veía penalti. A lo sumo penaltito, poca cosa. Un golpe menor capaz de desequilibrar a Cristina Cifuentes, pero nunca de derribarla. Cifuentes era una delantera de categoría forjada en las entradas de Esperanza Aguirre, que dejaban los tacos marcados al estilo de Hristo Stoichkov. A Rajoy lo habían empujado ahí y Rajoy no veía nada, cómo lo iba a ver. A Rajoy no le gustan las modernidades ni mucho menos el VAR, así que ignoraba todas las repeticiones por mucho que, en cada una de ellas, resultara más evidente que no hubo contacto entre Cristina Cifuentes y la Universidad Rey Juan Carlos y que el acta la habían manipulado varias veces. Consejos vendo que para mí no tengo, habría dicho él a quienes le protestaban.

Ahí estaba Rajoy, sin querer, que es como le pasan las cosas al presidente del Gobierno, puesto frente a Cifuentes en mitad del dilema. Le tocaba decidir si ejecutaba el penalti -pena máxima, lo llaman- o si, en cambio, lo dejaba correr y optaba por el fútbol de resistencia. La pelota y él. El descuento duraba ya lo que la legislatura entera y Rajoy miraba el balón como el delantero que duda entre tirarlo fuerte o suave y con indirectas. O no tirarlo, que a veces le resultaba de lo más útil. Sus compañeros le susurraban: Mariano, ¿penalti o penaldo?

Al final de su carrera, con periódicos que ponían en su banquillo a Alberto Míchel Feijoo, Rajoy se veía aún capaz de mantener el balón de oro, que por algo había pasado la semana en Argentina, patria del fútbol, cuna de Borges y de Cortázar y donde él, que dice todas las cosas sin decirlas, se puso a citar a García Márquez. Rajoy hace esas cosas. Llega a Buenos Aires y menta a García Márquez para que la gente evoque el otoño del patriarca, pero lo mismo le está leyendo a Cifuentes la muerte anunciada. No es fácil descifrar a Rajoy, que no tiene pizarra táctica: la improvisa.

Ahí está, al cabo, Mariano Rajoy, en silencio en plena escandalera, esperando a lo mejor que, antes de que tuviera que golpear el cuero, le llegue una señal de cualquier parte. Quizá de Cataluña, ahora que Puigdemont sueña con el fútbol defensivo alemán y piensa en las remontadas épicas de las noches del fútbol europeo. Puigdemont quiere elecciones pese a que su partido acabe de constatar, junto con Esquerra, que aquellas eliminatorias que uno cree ganadas de antemano también pueden perderse. Son lecciones que el fútbol da en Roma lo mismo que podría darlas en Berlín. O en la misma Puerta del Sol, donde sigue Rajoy, dispuesto a dejar el penalti sin tirar o a lanzar el balón a la grada. Rajoy, de momento, no tira. Habrá prórroga.

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