La columna de Almudena Grandes

España

La dimisión de Cifuentes sólo ha servido para arrojar bochorno sobre el bochorno, al transmitir el mensaje de que robar dos cremas es más grave que obtener un título fraudulento en una universidad pública, con firmas falsificadas de por medio

¿Soy yo, o ustedes también tienen la sensación de que España se está yendo por el desagüe? La dimisión de Cifuentes no ha resuelto nada. Sólo ha servido para arrojar bochorno sobre el bochorno, al transmitir a los ciudadanos el mensaje de que robar dos cremas en un supermercado es más grave que obtener un título fraudulento en una universidad pública, con firmas falsificadas de por medio. Pero esta no es sólo una crisis del PP de Madrid, ni siquiera del PP nacional. Es un síntoma más de la fragilidad de un estado democrático en manos de un gobierno radicalmente impotente, cuya ineptitud nos empuja, paso a paso, a un abismo al que no se le ve el fondo.

Como muestra, la última ofensiva del Estado contra el independentismo catalán, la vergonzosa medida de requisar camisetas amarillas en un partido de fútbol. Si esto es lo que podemos esperar de un gobierno legítimo en una democracia madura, ha llegado el momento de asumir la realidad, de tomarse a España en serio. No podemos seguir viviendo tan tranquilos, esperando el próximo escándalo, el próximo video, el próximo chiste, porque ya hemos atravesado la línea más allá de la cual las dimisiones tienen sentido. Este país no funciona. No funcionan sus instituciones, no funciona la confianza de los ciudadanos en el Estado, no funcionan los mecanismos que deberían garantizar un futuro próspero y viable. No es una verdad agradable, pero si no la asumimos, nos quedaremos sin país. España siempre ha sido un problema, pero aún estamos a tiempo de encontrar una solución. O al menos, de intentarlo.

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