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La firma de Iñaki Gabilondo

Ese Madrid que también existe

Como Madrid es el centralismo en sí mismo, los madrileños en apuros no pueden contar con solidaridades de la periferia. Reivindicar es un verbo que solo pueden conjugar en la intimidad

Una reflexión sobre Madrid en este día 2 de mayo. Desde fuera, Madrid ofrece siempre una imagen distorsionada e incompleta. La distorsiona el apabullante peso de la capitalidad y su enorme presencia institucional, por lo que solo se ve como comunidad política, no como comunidad humana. Como consecuencia, cualquier indicador de prosperidad es sospechoso por favoritismo y entra a formar parte de las disputas interterritoriales mientras que sus carencias, las que padecen los sectores más frágiles de su sociedad, se desconocen.

La sangrante desigualdad y sus bolsas de pobreza son invisibles, y eso a pesar de la contundencia de los datos. Los últimos, difundidos por la Plataforma por la Justicia Social, de octubre pasado, cifraban en un 21,7% el porcentaje de la población madrileña en riesgo de pobreza o exclusión social. Y en el informe social de este mes de la UNICEF se señalaba Madrid como la comunidad con mayor desigualdad infantil de España.

No obstante, como -perdonen la perogrullada- Madrid es el centralismo en sí mismo, los madrileños en apuros no pueden contar con solidaridades de la periferia. Reivindicar es un verbo que solo pueden conjugar en la intimidad. Es ese Madrid que también existe, como Teruel, pero que no puede irse a ningún sitio donde alguien le crea. Ni siquiera le creen aquí. Es ese Madrid que soporta, junto al envilecimiento de su nombre por la corrupción, un castigo gubernamental doble: porque si malo es tener un mal gobierno, peor es tener dos malos gobiernos en la misma ciudad.

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