La mirada de Soledad Gallego-Díaz

Del dicho al hecho

Esquerra es un buen ejemplo del deterioro que sufre la política catalana, muchos de cuyos líderes se limitan a congelar la situación y dejar pasar meses o semanas

Resulta llamativo que la ponencia central que se discutirá en el congreso de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), dentro de unas pocas semanas, este provocando tanta tensión interna, cuando se limita a expresar una realidad política insoslayable: el independentismo catalán tiene una mayoría parlamentaria pero no ha alcanzado nunca una mayoría social, lo que implica que no puede convertir a Cataluña en una república independiente. No es que tenga una mayoría social pequeña, es que nunca ha alcanzado ni siquiera el 50% del electorado. Incluso ese porcentaje sería insuficiente para impulsar una secesión unilateral, de acuerdo con todos los usos democráticos del mundo civilizado.

De hecho, el documento de ERC viene a reconocer que no es posible obtener la independencia de manera unilateral y que el plan debería ser recuperar el gobierno de la Generalitat para seguir fortaleciendo, afirman, los espacios de soberanía, entre ellos la televisión pública, la escuela y la diplomacia. Eso dice la ponencia que se discutirá en la conferencia (la primera en cinco años) pero eso no tiene nada que ver ni con lo que ha votado ERC hasta ahora en el Parlamento catalán ni con lo que tiene previsto votar en unos pocos días: la elección de Carles Puigdemont como presidente de la Genenralitat, un cargo que no puede ejercer, porque no lo permitirá el tribunal Constitucional, pero también porque no lo permite el sentido común. El presidente de un gobierno no puede residir en el extranjero.

Esquerra es un buen ejemplo del deterioro que sufre la política catalana, muchos de cuyos líderes se limitan a congelar la situación y dejar pasar meses o semanas, como si eso fuera una acción política y no una mera interpretación teatral.

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