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La llamada de la Historia

Vivian Maier

Una de las mejores miradas tras una cámara del siglo XX

No hace mucho que me fui de ese mundo. Tampoco hace mucho que se sabe de mí. Estuve años siendo una perfecta desconocida de casa en casa, entre unos y otros niños. Niñera, fui niñera, en Chicago.

Nací en Nueva York, pero mi infancia transcurrió entre Francia y Estados Unidos. Mi padre nos abandonó así que en mi casa pasamos a vivir mi madre, una amiga fotógrafa y yo. Ella era la surrealista Jeanne J. Bertrand.

Con 25 años me mudé a Nueva York de nuevo, y cinco años después a Chicago, donde estuve hasta el final. En medio de todo esto pude irme de viaje por el mundo con una pequeña herencia que me llegó, con la que me tomé un año sabático para disfrutar del resto del mundo que yo no conocía: Egipto, Tailandia, Vietnam, Italia o Indonesia.

Pero esta fue la excepción, normalmente mi salario como niñera no alcanzaba para demasiado, de hecho, me encantaba hacer fotografías pero no solía tener dinero para revelar carretes, solo hacía fotos y guardaba los negativos.

Dicen de ella...

Dicen de ella que la fotografía era su manera de relacionarse con los demás pero nunca mostró su obra ni tan siquiera a sus más allegados.

Dicen también que dedicarse a ser niñera no era aleatorio, que era su manera de poder estar en todos los ambientes posibles de Chicago, además de ser una manera de tener tiempo libre real, sin ocuparse de una casa siquiera.

Los libros de arte y las esquelas eran otras de mis pasiones, aunque no al mismo nivel que la fotografía. Llegué a rodar una película en Súper 8, la historia de una madre y de un hijo asesinado. Fui por los escenarios donde supuestamente había ocurrido todo y lo grabé. Hubo más cintas de grabación en las que explicaba, por ejemplo, mi idea del paso de la vida: Tenemos que dejar sitio a los demás. Esto es una rueda, te subes y llegas al final, alguien más tiene tu misma oportunidad y ocupa tu lugar, hasta el final, una vez más, siempre igual. Nada nuevo bajo el sol.

En mis trabajos exigía siempre una habitación propia. La necesitaba para tener intimidad y para guardar todos mis negativos. En alguna de las casas tuvieron que habilitar parte de garaje para guardar mis bártulos: periódicos, doscientas maletas y paquetes, archivadores…

Piense usted que escucha con el siguiente dato: un fotógrafo profesional deja, tras una vida dedicada al oficio, entre veinte y treinta mil negativos. En mi caso, había unos ciento cincuenta mil. Sí, era consciente de lo que hacía, de que estaba guardando la vida en imágenes, al menos, la vida de Chicago, desde los barrios más pobres a los más ricos, retratos de todo tipo, incluso míos, sin maquillaje ni peinado, porque no se trataba de eso. En mis retratos había algún espejo, alguna luz de contraste, algo siempre que velase un poco la imagen.

Obvia decir que aunque yo supiese lo que hacía, no podía imaginar la repercusión que hoy sé que tuvo mi obra en poco tiempo y casi por un asunto d azar.

¿Una historia inventadA?

Ahora su obra se la disputan instituciones y museos mientras siguen escuchándose teorías sobre la posible falsedad de esta historia y que sea todo una operación de márketing. Mientras lo debatimos, disfrutemos de las fotos de Vivien Maier, la llamada de la historia de hoy.

Fue en el año 2007 cuando John Maloof compró en una subasta una caja de negativos con fotos de Chicago que buscaba para ilustrar su libro. No les dio demasiada importancia, algo que sí hizo después Allen Sekula, fotógrafo y cineasta, quien vio que se trataba de algo más que una caja comprada por 380 dólares. Él vio talento y patrimonio.

A partir de ahí, ya empezaron las exposiciones, las copias…mi final sin embargo llegó estando sola, en una residencia para personas sin hogar de Chicago tras haber vivido en un piso pagado por unos niños ya crecidos a los que había cuidado.

Al parecer, en ese momento me convertí en un fenómeno viral, con colas para ver mis fotografías, con copias pagadas a precio de oro, pero yo solamente había dicho a los niños que cuidé que fotografiaba los momentos de su eternidad para que no se perdieran.

 

* Vivien Maier fue la niñera fotógrafa, dicen que una de las mejores miradas tras una cámara del siglo XX, una mujer atrevida y peculiar que vestía con grandes gabardinas y camisas masculinas.

 

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