La mirada de Soledad Gallego-Díaz

Lo que no se puede indultar

Pujol fue un político muy relevante, pero las redes de corrupción que se montaron durante su mandato son un hecho de extraordinaria gravedad. Más graves incluso que las actividades presuntamente delictivas de su familia o de él mismo

Quien fue presidente de la Generalitat durante 23 años, Jordi Pujol, reapareció hace unos pocos días para revindicar públicamente su acción política y decir una cosa sorprendente: que está dolido consigo mismo y no con su país. Es decir que todos los episodios de corrupción ocurridos durante su gobierno, que llegaron a afectar a él mismo y a su familia, pero que sobre todo, y eso es lo decisivo, supusieron una manera indecente de administrar lo público son un borrón que le duele. Un borrón, y ya está.

Pero no es así. Se trata de algo más grave. Pujol fue un político muy relevante en la historia de la Transición y en la configuración de la Generalitat de Catalunya, y algunas de sus intervenciones políticas fueron muy beneficiosas para Cataluña y para el conjunto de España. No hay por qué no reconocerlo así. Pero las redes de corrupción que se montaron durante su mandato son un hecho de extraordinaria gravedad, más graves incluso que las actividades presuntamente delictivas de su familia o de él mismo. A él quizás, se le podría indultar.

Lo que no será nunca disculpable es que permitiera claramente el envilecimiento de una organización política cómo Convergencia, tan necesaria para la estructura política catalana. Igual que no será nunca un borrón o un problema menor la degradación del Partido Popular o de cualquier otro partido que haya enfangado en funcionamiento honrado de la Administración. Esos son los peores delitos, los que no pueden tener indulto

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