El dietario de Ramoneda

De las musas al teatro

Josep Ramoneda sobre Quim Torra, el futuro del independentismo y la importancia del sentido de las palabras

¿Seguirá Quim Torra en el mundo de ficción de su primer discurso de investidura o una vez en el despacho y con la responsabilidad de la firma se impondrá el principio de realidad? El nuevo gobierno catalán necesita demostrar que no sólo del proceso vive el hombre, pero a su vez querrá mantener vivo el tópico de la república que une al independentismo. Hay pocas esperanzas de distensión, por tres razones: el carrusel judicial que hace imposible la normalidad, la composición del parlamento catalán que da capacidad de bloqueo a la Cup y a Puigdemont y su núcleo de fieles, y la incapacidad de las dos partes de aceptar que la vía unilateral es ahora mismo imposible y que la derrota total del independentismo también.

Para el desbloqueo de la situación sería bueno que el soberanismo tejiera alianzas fuera de su espacio y que las distintas sensibilidades que lo componen retomaran cada cual su camino, reflejo de la complejidad de este universo político. Pero ya ha empezado una nueva batalla para que los partidos soberanistas no vayan por libre: Barcelona. La consigna es clara: el independentismo necesita la capital para crecer. Y con este argumento se intentará forzar una lista unitaria del soberanismo que prácticamente le garantizaría la alcaldía, a pesar de que Pdecat y Esquerra ya han elegido sus candidatos propios.

Algo va mal cuando se pierde el sentido de las palabras. Y está ocurriendo de modo demasiado habitual. Un ejemplo: Quim Torra dice que Cataluña vive una crisis humanitaria. Que haya políticos en la cárcel y en el exilio es lamentable y, en mi opinión un error que dificulta el encauzamiento de la crisis catalana. Pero de ésto a hablar de crisis humanitaria hay un abismo. Es una frivolidad ofensiva para los que viven una verdadera crisis humanitaria, los sirios por ejemplo, que sólo sirve para banalizar el mal. Y desgraciadamente la devaluación de las palabras es moneda corriente en este país, como cuando se habla de nazismo para descalificar al soberanismo o cuando se señala como terrorista cualquier movilización callejera del independentismo. Decir las cosas por su nombre, es condición para cualquier posibilidad de entenderse.

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