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Palmeras salvajes

Y comieron perdices

Por cada detenido de la boda Aznar-Agag hay un año de amor

La corrupción del aznarismo tiene un elemento nostálgico curioso. Nos estamos enterando de lo bien que se lo pasaban 20 años después. Por eso hay algo en la justicia española como de biógrafa de las bandas de rock, que sólo después de un tiempo puede contarse todo lo que pasó en la gira. Hay ministros condenados, hay ministros que han pasado por la cárcel, hay imputados, hay muchísimos de ellos que están en los papeles de Bárcenas como receptores de sobresueldos y el líder de todos ellos, el presidente del Gobierno, hoy está en Ciudadanos. No queda nada. Operación Erial, le ha llamado la Guardia Civil a la detención de Eduardo Zaplana. A mí no me extraña que una de las dos o tres personas que han salido indemnes del aznarismo, Ana Pastor, suene como candidata a la sucesión de Rajoy. Y ojalá lo sea, ya no por paisana o porque me caiga bien, sino porque sería como sustituir al superviviente de una catástrofe aérea por otra.

Los 90 fueron una década mágica en la que todo era posible, hasta que Zaplana fuese alcalde de Benidorm y no se supiese dónde acababa Zaplana y dónde empezaba Benidorm. Pero el cierre de los 90, que ocurrió en 2002, fue la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag. Esa boda es como la droga: se tragó una generación. Pero no es cierto que fuese una boda maldita o que diese mala suerte. Nadie repara en que llevan 16 años juntos. Sin fotos ya que enseñar sin vergüenza y sin vídeo del banquete, todo pixelado. Pero esos señores bronceados y engominados dan buena suerte. Yo haría lo que fuese por 16 años de amor. Ojalá algún día detengan a todos los invitados de mi boda. Estoy dispuesto a casarme las veces que haga falta hasta que no quede uno libre y pueda conocer el amor verdadero. Si tienen que saquear el país, que lo saqueen.

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