Magia y superstición en el siglo de oro

La magia a veces se funde con la razón en un Siglo de Oro español donde la literatura, el arte y la superstición cohabitaban con la ortodoxia católica. La Iglesia se sitió en la obligación de erradicar unas creencias que hundían sus raíces en tradiciones arcaicas, a las que ni religiosos, ni aristócratas, ni villanos fueron ajenos.

Brujas, hechiceras, duendes, fantasmas y aparecidos pueblan el subconsciente colectivo de una sociedad que está en pleno Renacimiento y observa la realidad que le circunda, pero que ante la incapacidad que siente a la hora de dar respuesta a determinados interrogantes y enfermedades (del cuerpo y del alma), pide consejo a hombres y mujeres dotados de ciertos “poderes” o facultades extraordinarias.

En esta atmósfera se percibe con mayor nitidez la presencia de santones, brujas, beatas, magos, iluminados y curanderos, y es cuando la Iglesia y la Inquisición reaccionan persiguiendo y reprobando este tipo de prácticas tenidas por demoniacas. Ningún estamento social quedó libre de los hechizos, sortilegios y encantamientos. Su mano llegó a envenenar la mente de personajes políticamente tan poderosos como el conde duque de Olivares, primer ministro de Felipe IV y favorito del monarca quien, tras protagonizar innumerables maquinaciones cortesanas, cae en desgracia, llegándose a decir de él que mantiene relación estrecha con una bruja que trabajaba con víboras y escorpiones.

Infinidad de pócimas, recetas, ungüentos, filtros, raptos, posesiones, vuelos nocturnos, cónclaves, pactos, sahumerios y demás elementos constituyen un universo indefinido, irreal, fantástico, pero palpable y evidente en esa época, con el que se inicia la Modernidad, pese a la sombra enlutada de la fría y contundente Inquisición. Y una de las zonas geográficas donde se dieron más prácticas hechiceriles y algún que otro proceso inquisitorial incoado por el Tribunal del Santo Oficio de Toledo fue precisamente en Castilla-La Mancha, con algunos buenos ejemplos en Alcázar de San Juan.

El diablo se convierte en la imagen a evitar y donde materializar los acontecimientos funestos (sean epidemias o atmosféricos) que golpean y desorientan a la sociedad agrícola y urbana del Siglo de Oro. Se percibe el mal en todos los niveles de la vida: tanto en el ámbito personal (incertidumbre, pecado, desengaño, sufrimiento, melancolía, posesión, locura, etc.), como en la esfera socio-política (conjuras, corruptelas) y en su dimensión cultural (la pintura, el teatro y la escultura donde se muestran numerosas imágenes de Lucifer en todas sus variantes).

Muchos personajes de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina y Moreto establecen pactos con el demonio y acuden a hechiceras para aliviar sus males, algunos de amores. Es imposible conocer la mentalidad del Siglo de Oro español, con sus luces y sus sombras, sin conocer su lado más supersticioso.

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