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Pasos perdidos

La caída

Rajoy estaba en el restaurante, porque no lo vio venir. O lo vio venir demasiado claro. Rajoy se despidió a la manera de Rajoy

Kafka se bastó con 72 páginas para escribir la metamorfosis y a Rajoy le llevó 1.700 folios convertirse en un escaño azul y vacío que, en ocasiones, servía para dejar caer un bolso. No es fácil entender el proceso que le llevó a pasar de una cosa a otra, sobre todo porque fue fugaz, que es lo peor que le podía ocurrir a Rajoy: primero que pasara algo, y luego que pasara de pronto. A él, que no había hecho otra cosa más que esperar.

El miércoles Mariano Rajoy llegó al Congreso con un poco de retraso y algunos empezaron a maliciar con eso: a ver si no viene. Fue, aunque por el pasillo tuviera que ir apartando, casi con sus propias manos, los rumores sobre su dimisión. Y sacudirse esos aplausos que le dieron los suyos el miércoles y el jueves y por supuesto el viernes. Aplausos de funeral.

Rajoy nunca se ha planteado dimitir ni entendía a quienes se lo pedían. Notaba todas esas preguntas molestas pero él las despejaba con sus mejores armas. Cada vez que le preguntaban algo, él iba diciendo buenos días, buenos días.

Qué lejano suena el Rajoy del miércoles. Él está bien, está firme. Él no va a dimitir. Él ni se lo ha planteado. Él aguantará. Todo eso decían las personas de su entorno, que a veces lo llaman Él y sobre todo le llaman el jefe, que pensó que con un poco de miedo al caos, unas pocas apelaciones al PNV y un poco de miedo a Pedro Sánchez obtendría la fórmula de la supervivencia. Por algo cuando el jueves llegó al debate de la censura dijo que le parecía un debate agradable. Y llegó dispuesto a chanzas y chascarrillos.

Rajoy, acorralado por la aritmética, optó el jueves por su mejor recurso: eso que entre los suyos llaman la retranca. La ironía mezclado con un poco de desdén. Señaló algunas de las contradicciones de Pedro Sánchez y leyó la sentencia de la Gurtel a su manera.

Ese jueves, último día del mes de mayo, Mariano Rajoy bajó de la tribuna y empezó a notarse las piernas y los brazos de madera, como si fuera un escaño. Levantó la mano y se marchó. ¿Dónde está?, preguntábamos a gente de la Moncloa. Nadie sabía muy bien. Quizá en Moncloa, sospechaban algunos. La historia es conocida. Rajoy fue con Cospedal a un restaurante de la puerta de Alcalá. Y allí acudieron otros ministros como Monserrat o Báñez o Méndez de Vigo. Allí, mientras las horas se hacían largas en el Congreso, Rajoy acortaba el tiempo rodeado de gente que podía sentirse como él.

A esas horas, ya las diez de la noche, Mariano Rajoy quizá no era consciente de la potencia que tenía esa imagen. Verle a él, aún presidente del Gobierno, salir de un restaurante mientras el Congreso discutía su censura. A veces la historia te sorprende en un lugar inesperado. Y luego te toca contar batallitas de dónde estabas cuando empezó la revolución. Rajoy estaba en el restaurante, porque no lo vio venir. O lo vio venir demasiado claro. Rajoy se despidió a la manera de Rajoy.

Esta mañana, cuando la realidad se ha vuelto a presentar en la vida de Mariano Rajoy, a Mariano Rajoy le ha pillado a sus cosas, en la Moncloa. Y en su sitio había un escaño azul. Las horas que ha tardado ha podido pensar su discurso de despedida y entonces, recuperada su forma de carne y huesos, se ha despedido del país un día después de que Zidane se despidiera de la afición del Real Madrid.

No se sabrá nunca, hasta que lo cuente él, cuál es el precio emocional de esa herida. Qué nota ahí, en esa tribuna que impresiona, alguien que se va de esa manera. Alguien que sobrevivió a varios escándalos, a la caída del bipartidismo, a Esperanza Aguirre y hasta José María Aznar. Cómo Él, el jefe, que venció a esos y a otros gigantes, podía caer ahora por una sentencia que, en realidad, tenía unas cuantas hojas más que la mejor novela de Kafka.

 

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