Palmeras salvajes

Primeras disposiciones

Así llegó Sánchez al PSOE y así llegó al Gobierno, ayudado por gente que a la media hora lo quería echar; eso no es malo, de hecho suele ser bueno

La primera gran acusación a Pedro Sánchez es que tendría que pagar un precio carísimo al soberanismo catalán por sus votos de apoyo y la respuesta ha sido Borrell. Que no es un ministro, sino una declaración de intenciones. Una especie de cartelón en la entrada del Gobierno que dice que, al contrario que los Lannister, en La Moncloa la intención es que no se va a pagar ninguna deuda. O ese es al menos el mensaje que se quiere transmitir: para Cataluña, para el PP y para el propio PSOE, donde Borrell tiene tantas cuentas pendientes. Lo que no entiendo de esto es la reacción del independentismo: cada desgracia que le ocurría era una jugada maestra, y cuando por fin tienen una delante, no la reconocen.

De Sánchez no hay que infravalorar la capacidad que tiene para decepcionar a los que le llevan al poder. En ese sentido hace lo que hacía Hemingway: no perdonar nunca a los que le ayudan. Así llegó al PSOE y así llegó al Gobierno, ayudado por gente que a la media hora lo quería echar; eso no es malo, de hecho suele ser bueno. Mira, cuando Ahora Madrid llegó al Ayuntamiento yo recordé aquello de esperando a los bárbaros ironizando con los que pensaban que había empezado otra vez el 36. “¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?”. “Quizá ellos fueran una solución después de todo”. La historia moderna de este país -desde el 82- enseña que normalmente los que vienen a acabar con España terminan asfaltándola: un par de carreteras, sacarle el polvo a algunas leyes y acabar con otras que comprometían la democracia (la ley de seguridad ciudadana, por ejemplo). El principal problema político, como decía al principio, es Cataluña y ahí ya se tocó fondo, no con los bárbaros en La Moncloa sino con la muy estable, tranquila y previsible derecha española.

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