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Un poco de humildad, por favor

Esa despedida de marido despechado de Màxim Huerta, ahí se quedan ustedes, malas gentes, jauría, dijo él, que yo me voy con la cabeza bien alta. Pues no, en absoluto

Cosas que no gustan y alguna que gusta. No gusta, absolutamente nada, que Máxim Huerta haya tenido que dimitir por lo que ha dimitido. Y repugna la idea de que no le contara la cosa a quien le estaba dando un regalo inconmensurable, muy superior, por cierto, a los méritos contraídos a lo largo de su entretenida vida. Y no gusta, tampoco, esa despedida de marido despechado, ahí se quedan ustedes, malas gentes, jauría, dijo él, que yo me voy con la cabeza bien alta. Pues no, en absoluto, que mejor será que incline la cerviz. A usted le han echado por querer defraudar a Hacienda, esto es, a ustedes y a mí mismo, hagan lo que hagan los demás. Porque a usted le nombraron ministro y ya no es como los demás. ¿Está claro? Y gusta la reacción rápida –y todavía pudo ser más fulgurante- de un gobierno que quiere demostrar desde el primer momento que aquello de tolerancia cero era, exactamente, eso: cero.

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