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El Dr. Livingstone, supongo

Alan Moorehead, en su libro El Nilo Azul (1962), lo dijo bien claro: “Ninguna de las regiones hasta hace poco inexploradas, ni las alturas del Himalaya, ni las llanuras Antárticas, ni siquiera la cara oculta de la luna, han ejercido tanta fascinación como el misterio de las fuentes del Nilo.

Al menos durante dos mil años, la cuestión fue debatida y permaneció irresuelta”. Y así hasta bien entrado el siglo XIX. No fue el único que se expresó en estos términos. En frase de Harry Johnston, el asunto llegó a ser “el más grande secreto geográfico desde el descubrimiento de América”. Todo un reto. Son innumerables las expediciones que se financiaron para ir en su busca. Y con ellas empieza una historia de rivalidad, sudor, mosquitos, evangelización, codicia y sangre. Una historia de horrores y de errores geográficos.

Todas ellas se topaban con las dificultades naturales de un río plagado de cataratas, afluentes y cañones imposibles de franquear en la época. A principios del siglo XIX la búsqueda de las fuentes del Nilo (nos referimos al Nilo Blanco) se convirtió en un tema nacional en Inglaterra y una obsesión en Gran Bretaña. Dos exploradores ingleses, John H. Speke y sir Richard Burton, se pusieron el salacot por montera y se aventuraron en 1859 por tierras inhóspitas africanas. Llegaron al lago Tanganika y pensaron que ahí estaban las fuentes. No era verdad. Un poco más tarde, en 1862 Speke, sin Burton, se fue un poco más lejos y llegó a la conclusión de que las fuentes de este gran río procedían de la orilla norte del lago Victoria, que luego atraviesa las tierras de Uganda, se interna en el lago Alberto, penetra a continuación en el Sudán y recibe poco después, por la derecha, a la altura de Jartum, a su principal y casi único afluente: el llamado Nilo Azul, nacido en las montañas de Etiopía y cuyas fuentes fueron descubierto por un jesuita madrileño, Pedro Pañez, en el lago Tana en el año 1618, aunque siglo y medio después se atribuyera el mérito el escocés James Bruce.

Otro escocés, David Livingstone (médico, misionero y explorador), recorrió grandes zonas alrededor del lago Tanganika buscando en vano las fuentes del Nilo, entre los años 1866-1873. Además, creía que la fuente del Nilo se hallaba al sur del lago Victoria y no en el mismo lago. No pasó a la historia por eso sino más bien por haber descubierto, entre otras cosas, las cataratas Victoria y varios lagos. Y, lo más importante, por haber dejado una buena huella luchando contra la esclavitud del hombre blanco.

Tim Jeal comenta en su libro “En busca de las fuentes del Nilo” que “fueron pocos los exploradores europeos que expresaron debidamente en sus libros algún reconocimiento por las informaciones geográficas obtenidas de los traficantes de esclavos árabo-swahili o por el papel esencial desempeñado por los africanos que los acompañaron y posibilitaron sus viajes portando las mercancías usadas para comprar comida por el camino y pagar a los jefes por permitirles el paso a través de sus territorios. Algunos exploradores, sin embargo, sí que les dieron el crédito que se merecían. Livingstone a menudo elogió a sus hombres, a pesar de las deserciones y los robos constantes”.

El corazón de Livingstone quedó para siempre en África. Sus huesos están actualmente en la abadía de Westminster junto con otros ilustres británicos como Charles Darwin, Dickens y Kipling. No está, en cambio, quien encontró al misionero anglicano en la aldea de Ujiji. Nos referimos a Henry Stanley. Por algo será. Supongo.

 

 

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