La columna de Almudena Grandes

Cáscaras

El Valle de los Caídos no se puede destruir y aún menos convertirse en un lugar de reconciliación nacional, eso nunca.

En 1940 se iniciaron las obras del Valle de los Caídos. En 1942, en las cartillas de racionamiento de los españoles constaban como alimento las cáscaras de cacahuete. Hasta 1950, los trabajadores fueron presos políticos, mano de obra esclava de la que no se benefició el Estado, sino algunas constructoras cuyos dueños se hicieron de oro. Esto no quiere decir que el monumento no se financiara con dinero público. Al contrario, costó casi 1.100 millones de pesetas mientras los españoles se morían literalmente de hambre, o por enfermedades erradicadas en el siglo XIX, como el tifus exantemático, que la miseria hizo rebrotar. Por todo esto, el Valle de los Caídos no se puede destruir, y aún menos convertirse en un lugar de reconciliación nacional, eso nunca. Cuelgamuros expresa, mejor que ningún otro símbolo, el espíritu de la Victoria, la Cruzada triunfal que aplastó con su bota la nuca de los vencidos. Ese es el sentido de un mausoleo que acogió a unos cuantos centenares de republicanos sin permiso de sus familias. Esos cadáveres rapiñados, desenterrados por voluntad de alcaldes o jefes locales de Falange, no pueden inducir a error. Franco gastó en su basílica y su cruz el dinero que no destinó a escuelas, carreteras u hospitales. Esa fue su decisión y los españoles del futuro tienen derecho a saberlo, a juzgarle por ello. Sus restos deben salir de Cuelgamuros, su espíritu jamás. Las cáscaras de cacahuete de 1942 nos obligan a preservar por siempre la memoria de su gran obra.

 

 

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