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LAS EDADES DE MILLÁS

La adicción sin química

Juan José Millás intenta comprender la adicción más difícil de entender: la ludopatía.

Empiezas por pequeñas apuestas y poco a poco vas subiendo la intensidad. Sin darte cuenta acabas mintiendo y poniendo en peligro tu familia, tu trabajo y tu dignidad. Todos los ludópatas con los que hemos hablado coinciden en este punto. De repente están enganchados y nadie lo entiende, porque no existe ninguna sustancia química que excuse esta enfermedad, tampoco ninguna que pueda ayudar a superarla. Jugamos desde que somos pequeños, es una actividad social, el problema es cuando se convierte en nuestro único objetivo, por encima de ganar sin siquiera disfrutarlo. Solo jugar por jugar.

Para saber más sobre el tema enviamos a Juan José Millás a una de las sesiones de terapia que organizan en la Asociación para la Prevención y Ayuda al Ludópata (APAL). Y con Paqui Ramos se van a probar fortuna a un par de salones de juego. Salas que abundan y se multiplican por todas partes. Especialmente desde el boom de las apuestas deportivas que facilitan y permiten el anonimato a la hora de jugar. En APAL esperan recibir una gran cantidad de enfermos en agosto, una vez que haya terminado el Mundial de Fútbol.

Invitamos al estudio a varias personas que nos ayudan a entender que pasa por la mente y en la vida de un ludópata: Victoriano López (Presidente APAL), Jose Ignacio Ibáñez Aramayo (Psiquiatra. Responsable de la actividad del MAPS de Cruces. Responsable de la atención a ludópatas en Bizkaia), Bayta Díaz (Psicóloga de APAL) y Alfredo y Juan Carlos. Dos personas que estuvieron a punto de perderlo todo por culpa del juego y que, aunque le han puesto nombre a su enfermedad, no quieren llevarlo encima el resto de su vida.

ludopatía

JUAN JOSÉ MILLÁS

Me pareció que estaba escuchando la historia del mundo. De las terapias de grupo no conocía nada excepto por lo aprendido en el cine de la reuniones de Alcohólicos Anónimos. Con esa información fragmentaria en la cabeza, acudí a la de los ludópatas. Dos horas, de diez a doce de la mañana, en una sala en la que al entrar conté 22 sillas pegadas a la pared de una habitación rectangular. En una de las cabeceras, la de la terapeuta. En el medio, un vacío por el que circulaban, trenzándose, las voces de los ludópatas, a veces de sus acompañantes, pues había un padre, por ejemplo, que había acudido con su hijo y una joven que había acudido con su novio. Como digo, cuando la sesión se puso en marcha, me pareció que estaba escuchando la historia del mundo, que es la historia de la satisfacción y del dolor. La historia del éxito y del fracaso. La historia de la euforia y la de la depresión, de la ganancia y de la pérdida, de la mentira y de la verdad. La historia del mundo.

“Yo”, empezó a decir un hombre, “soy ludópata, me llamo Fulano de Tal, tengo equis años y es la segunda vez que estoy en una asociación de este tipo. Vivía en Bilbao. Me vine a Madrid y me pilló mi novia otra vez. Desde entonces, aquí estoy. Más relajado. Ya no me cachea cuando llego a casa, pero me sigue revisando los bolsillos. No estoy muy alterado por lo del Mundial, no he visto ninguno de los partidos. Los anuncios de apuestas, sí, porque están hasta en la sopa. La tele no la veo casi. Mucho Netflix. Contento, en fin”.

“Yo”, intervino ahora un hombre mayor, “soy ludópata, me llamo Mengano de Cuál y tengo tantos años. Jugador de máquinas. Llevo siete años aquí. Tuve una recaída hace unos años, jugando con mi nieto. Empecé a jugar en 2003, con la tarjeta de crédito familiar. Mi mujer vio los extractos y se dio cuenta. Que no, que no, que no, decía yo, porque somos mentirosos porque somos ludópatas, o al revés, no sé, Que no, que no. Estuve un año sin jugar pero en 2008 empecé otra vez. De nuevo los extractos del banco, de nuevo la negación. Que no, que no. Niego y sigo negando. Presento una denuncia en comisaría diciendo que me han robado la tarjeta de crédito. Al día siguiente me llaman para que vaya a la comisaría. Voy y me detienen por denuncia falsa. Llaman a mi mujer, tengo dos hijos. Llega también el abogado. Le cuento lo que hay, la verdad. Eso fue un siete de abril y el 11 estaba en la asociación. Me pusieron 600 euros de multa. Desde entonces la cosa ha ido mejorando muy despacito. Yo he visto llegar aquí a gente y he llorado con el corazón. Por mis nietos, pensando en lo que había hecho. Lo nuestro es casi cíclico. Juego, me pillan, niego, acepto, etcétera. Ahora solo vengo una vez al mes, para veros, para saber por qué estoy aquí. Con el tiempo, todo pasa reconociendo la labor de los psicólogos y de la persona que nos controla. En la cocina están todos los gastos. Estoy feliz, me voy de vacaciones. Siete años han sido. Pensar qué hicimos, cómo nos sentimos. ¡Ánimo!

Una mujer de 46 años jugaba, dice, a la ruleta. Lleva 17 meses en la Asociación. Su hermana se enteró y se lo contó a su madre. Casada, con dos hijos. “Al principio te cuesta mucho”, dice, “pero de todo se sale. Ahora paso más tiempo con mi madre, estoy más con mis hijos. Doy paseos. El juego me ha hecho tanto daño…”.

Un chico de apenas veinte años ha venido con su padre. Hacía apuestas deportivas, tenis y fútbol sobre todo, pero también jugaba a la ruleta. Empezó en noviembre, sacando dinero de la tarjeta familiar. Hoy es su primer día de terapia. Dice que viene bien tener una aplicación para el control del móvil. Creí entenderle que la aplicación se llama Qustodio. Todo lo que hagas, añade, es reportado a alguien. Pierdes intimidad, pero… Luego interviene el padre, que lo lleva muy mal, pobre. No lo entiende. Le costó aceptar que se trataba de una enfermedad que requería tratamiento.

Me pareció que era más fácil aceptar cualquier otra adición que la del juego, ahora, supongo, hablaremos del porqué. Continué escuchando, dos horas de escucha. Hombres, mujeres, jóvenes, viejos, padres, hijos, hermanos, nietos. Salían a relucir todas las redes familiares, todos los afectos y los desafectos. La sensación de plenitud que producían las ganancias, la depresión que surgía al perder, con la conciencia de lo que uno había hecho, del abismo que se abría ante sí. Los cuentos de la lechera también: con esta ganancia taparé aquella pérdida. La suerte, la desventura, el miedo a la recaída, volver a empezar. “Yo no he encontrado en la vida nada que me emocione tanto como el juego”, aseguraba uno. “Yo me siento vacío si no juego”, añadía otro. “Todo está lleno de peligros”, decía la mujer del fondo de la sala. Por eso digo, Javier, que me pareció escuchar una historia del mundo, incluso, extrañamente, mi propia historia, pues tal vez todos tengamos una droga, ignoramos cual, que nos espera en algún sitio, al dar la vuelta a cualquier esquina de la vida. Una droga pensada para nosotros. La suerte consistiría en no cruzarse con ella

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