La firma de Iñaki Gabilondo

El instinto del escorpión

Se dice que se quiere acabar con el lamentable mercadeo político en la tele, y para conseguirlo se monta otro lamentable mercadeo político

PABLO PALACIOS

Los políticos son los últimos en enterarse de que la televisión pública ya no tiene la aplastante influencia del pasado. Siguen refiriéndose a ella como si estuvieras sola entre las televisiones, y como si estas, a su vez, no tuvieran la feroz competencia de las nuevas y penetrantes voces de las nuevas tecnologías y redes. La batalla partidista por el control de la televisión pública no es solo es antidemocrática, es absurda y antigua como un patético juego de espías viejos que no entendieran que la Guerra Fría termino hace tiempo.

La televisión pública puede hacer una labor formidable en muchos ámbitos de la vida colectiva. Los que creemos en el servicio público de televisión lo consideramos de gran valor para la información neutral, para la cohesión social, para la transmisión de la herencia cultural común. Pero como arma electoral directa dista muchísimo de ser el cañón Berta que fue años atrás. No es fácil sin embargo convencer de tal cosa a quienes viven la política de forma enfermiza y no son conscientes de la insensatez de su obcecación.

Para liberar a la radiotelevisión pública de la camisa de fuerza del partidismo es preciso que, con carácter previo, los partidos se liberen de la camisa de fuerza de sus obsesiones. Todos pregonan su voluntad de despolitizar la Corporación, estoy seguro de que incluso creen que lo desean, pero en cuanto se empiezan a mover les traiciona su querencia, el instinto del escorpión, y buscan pactar solo con los afines, olvidando a los no afines. Y de resultas aquí estamos, en medio de una enorme contradicción: se dice que se quiere acabar con el lamentable mercadeo político en la tele, y para conseguirlo se monta otro lamentable mercadeo político. ¿Puede caber mayor incongruencia?

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