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La columna de Almudena Grandes

Coltán

La cuestión no es como se les acoge, si hay o no efecto llamada, donde tienen que estar los campos. Los congoleños huyen de la muerte a la que les condenan los fabricantes de nuestros móviles

Sólo un ejemplo: la guerra del coltán, en la República Democrática del Congo. Oficialmente, empezó en 1998 y terminó en 2003, pero en 2005 ya le había costado la vida a más de cuatro millones de personas. Todavía hoy se calcula que un kilo de coltán supone, como mínimo, dos muertes. Eso en las minas, donde, con suerte, los trabajadores cobran un euro por catorce horas de trabajo subterráneo. Luego está la guerra a la que ya nadie quiere llamar guerra, el terror provocado por más de ciento veinte pequeños ejércitos que explotan yacimientos ilegales, masacran pueblos enteros, violan a mujeres y niñas, y reclutan a los niños para convertirlos en soldados. Y todo por un mineral, formado por la unión de otros dos, la columbita y la tantalita, que es imprescindible para fabricar los condensadores que usan la mayoría de los smartphones, los móviles que hoy ya tiene todo el mundo. La Republica Democrática del Congo concentra el ochenta por ciento de las reservas del coltán del planeta. Las multinacionales son culpables de fomentar la explotación criminal que provoca un auténtico exterminio en aquel país. Es solo un ejemplo. Existen otros igual de insoportables, pero este mancha de sangre humana las manos de miles de honrados ciudadanos de Occidente, mientras se preguntan cuando se van a acabar las pateras, por qué los africanos no se quedan en África, qué esperan que hagamos con ellos. Porque la cuestión no es como se les acoge, si hay o no efecto llamada, donde tienen que estar los campos. Los congoleños huyen de la muerte a la que les condenan los fabricantes de nuestros móviles, y cuando se acabe el coltán, será otra cosa. Siempre la injusticia, la explotación, la miseria. Esa es la verdadera y eterna cuestión.

 

 

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