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Palmeras salvajes

El tercer tiempo

Me gustó ese paralelismo; me gustó que Torra le señalase a Sánchez el lugar emblemático de un amor prohibido

Para distensión la de Quim Torra queriendo ver el jardín en el que Antonio Machado y la poeta Pilar Valderrama, su Guiomar de los poemas, tenían sus encuentros, prácticamente al lado de la casa del presidente del Gobierno. Ella era una mujer casada, él un hombre viudo. Pero su amor hizo saltar chispas en sus poemas.

Me gustó ese paralelismo; me gustó que Torra le señalase a Sánchez el lugar emblemático de un amor prohibido. Ha habido muchos en la política, líderes de ideología frontalmente opuesta que busca desesperadamente lazos en lo personal, en lo afectivo. Machado cuenta que cuando muere Leonor, su mujer, piensa en pegarse un tiro, pero el éxito de Campos de Castilla le hace ver que, teniendo algo útil, no tiene derecho a destruirlo. «Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar», escribe cuando se muere ella. Con los años se vuelve a enamorar. Y la historia de esa fuente y ese banquito de los enamorados que está en La Moncloa la descubrió Ian Gibson en Ligero de equipaje, la biografía de Machado.

Entrevisté a Gibson hace unos quince años. Yo no sabía por ejemplo que en el bolsillo de Machado además de los famosos versos (estos días azules, este sol de la infancia), había un fragmento de Hamlet y unos versos dedicados a ese amor imposible: "Te daré mi canción. / Se canta lo que se puede / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón". ¿Y sabes lo que hacían cuando se separaban y ella volvía a su casa? Todas las noches se guardaban una hora para encontrarse en su imaginación. De diez a once, por ejemplo, estaban juntos. A eso le llamaban el tercer tiempo. Lo que no deja de ser un mensaje político: cuando uno no logra nada proponiendo soluciones, a veces tiene que imaginarlas.

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