LA FIRMA

La espléndida salud del nacionalismo

Basta ver el Mundial, con la apoteosis de banderas, de himnos, de exaltaciones emocionales en torno a un factor preponderante, nosotros, para ver hasta qué punto el nacionalismo goza de espléndida salud

Puesto que estamos a punto de acabar el curso, propongo a nuestros oyentes un pequeño juego utilizando el Mundial de fútbol como escaparate de distintas formas de Estado para fijar preferencias o afinidades políticas. El juego podría titularse: elija usted su modelo.

En una semifinal se enfrentaron ayer Francia y Bélgica. Francia, el país más centralista de Europa, la república por antonomasia. Algunos dicen que una república coronada, sin rey pero con un emperador en la Presidencia. Y Bélgica, una monarquía parlamentaria, una compleja urdimbre con tres regiones federales y tres comunidades lingüísticas cuyos límites no coinciden con los de las regiones. En la otra semifinal, Inglaterra-Croacia. Inglaterra, la monarquía por antonomasia, una de las cuatro naciones que componen el Reino Unido, una nación de naciones. Y Croacia, que conquistó su independencia recientemente, en 1992, pero cuyos antecedentes como nación son remotos: su primer reino data del siglo décimo. Ahí tenemos cuatro modelos diferentes con todas las variables que manejamos a diario en nuestros análisis políticos domésticos. Monarquía, república, federalismo, centralismo, plurinacionalidad, independencia, antecedentes históricos, cuyas virtudes y defectos ustedes tendrán que valorar y tampoco sabemos qué les parecerán como modelo para nuestro país. Pero recordemos que no son modelos de laboratorio. Son el resultado de larguísimos procesos en los cuales no faltaron grandezas ni tampoco tremendos espantos. Al tiempo que eligen ustedes su modelo ideal me gustaría que señalarán también los procedimientos que han decidido descartar para llegar a estos objetivos.

Como oda final, algo que ya he dicho en otros foros: el nacionalismo llegó para quedarse. Basta ver el Mundial, con la apoteosis de banderas, de himnos, de exaltaciones emocionales en torno a un factor preponderante, nosotros, para ver hasta qué punto el nacionalismo goza de espléndida salud. Sería muy ingenuo creer que todo eso se queda en los estadios cuando acaban los partidos.

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