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Pearl Jam, la fuerza del último clásico

La banda de Seattle conquista el Palau Sant Jordi de Barcelona con un concierto de casi tres horas

Pearl Jam viaja al Palau Sant Jordi este martes con su gira europea / ()

Hacia justo diez días Guns n´ Roses, a escasos metros de donde tocaron anoche Pearl Jam, aunque en una plaza aún mayor, los californianos hicieron una versión de Black hole sun de Soundgarden, acertada en intención pero desafortunada en la ejecución. Una cuestión paradójica y sintomática pues toda esa generación que creció con el grunge fue la que apartó sin remisión a Axl Rose, Slash y compañía como foco principal y de atención en la música popular de entonces, justo a principios de los noventas. En cambio, y no porque sea estrictamente necesario, Pearl Jam no hace ningún guiño visible a Chris Cornell, de hecho se criticó mucho que Eddie Vedder tardara tanto en pronunciarse en público por la muerte de su compañero, el amigo que les dejó huérfanos. Vedder también ha bebido tragos amargos, pero no ha llegado nunca a los límites que dejó fuera de combate a Kurt Cobain, Layne Staley, Scott Weiland o al propio Cornell.

Pearl Jam no son sólo los únicos supervivientes de aquella cantera tan descomunal y fructífera, en términos globales ahora son la última gran banda de rock clásica y contemporánea sobre la faz de la tierra. Quienes confíen en que por ejemplo Arctic Monkeys se hagan con ese puesto preciado, andan errados. A pesar de sus méritos, de su saber estar. Pero ni por asomo se van a hacer con ese supuesto trofeo honorífico, es como creer que Lebron James, por méritos que haya hecho o vaya a hacer, aparte de un plumazo a Michael Jordan como último gran jugador de la historia del baloncesto. Tampoco lo sería Mookie Blaylock, el jugador que Pearl Jam utilizó como su emblema simbólico, luciendo el número diez en su camiseta. Precisamente, Ten fue el debut de los de Seattle, el disco que marcó un camino sólido, verídico, real.

Curiosamente, porque Pearl Jam no han necesitado nunca aparentar con mucha purpurina, ni de marcar músculo para destacar entre el resto. Su carrera ha ido siempre por derroteros ajenos a lo convencional. Con curvas, con los lógicos bajones y repuntes, con épocas de más actividad y otras en las que han desaparecido sin grandes titulares. Por esa razón, cuando ellos salen a tocar lo hacen con total normalidad, con un escenario sobrio pero elegante, y sin muchos avatares, es como si todavía estuvieran en el local de ensayo, pero con más de quince personas mirándoles. Juegan de tú a tú, no te hacen sentir inferior por ser ellos los que están arriba y tú abajo. No hay distinciones, y no las hacen, porque de ser así, no se sentirían cómodos con ese tipo de situación y no serían Pearl Jam como los entendemos en 2018.

Pearl Jam en Barcelona / Europa Press (Europa Press)

La banda de Seattle sale a escena como el que sale a calentar antes de un partido con la apaciguada Long road, primero hacen unos estiramientos y después se lanzan a correr. Ofrecen algo tan dinámico, tan natural, que en tiempos de pose exagerada y reconocimiento estéril, lo suyo tiene un plus, un valor que no se compra con nada. Acostumbrados a ver a bandas que las pasan canutas una vez han traspasan el umbral de la edad madura y el de un cierto acomodamiento, ellos toman las riendas con una seguridad, una regularidad y un convencimiento fuera de lo común.

Que sean dos temas más menores en su escala como Mind your manners o Do the evolution los elegidos para mantener la tensión, ponernos a todos firmes y coger la delantera, habla bien a las claras de su categoría como banda de rock n´roll. Luego vendrán los clásicos, uno tras otro, de Alive a Better man, de Black a Go, de Daughter que dedicó a todas las mujeres que siguen luchando, a Corduroy. La noche transcurrió con licencias y sin grandes olvidos (por suerte estaba incluida State of love and trust) con el aliciente de que cada noche cambian el repertorio y añaden sorpresas. Escuchar Come back del revitalizante disco del aguacate es una bola extra inesperada.

En este punto, Vedder está de nuevo eufórico, regala sonrisas y una grandísima voz (hubo dudas tras cancelar recientemente un concierto en Londres al quedarse afónico). El cantante comunica y nos enseña una cosa; hemos venido a este mundo a divertirnos, a emocionarnos. A su lado un Mike McCready pletórico, con el deposito de gasolina hasta los topes, rebosando energía. Stone Gossard está más agazapado, sigue con ese papel más discreto, pero básico para entender el sentido y el alma de Pearl Jam. Jeff Ament y Matt Cameron son el metrónomo, con un tempo perfecto y unas cualidades que quedan a cubierto. Incluso Boom Gaspar, el teclista al que reclutaron más tarde, ya es uno más, un integrante con todas las letras.

No obstante, si hay un momento que simboliza la verdadera grandeza de Pearl Jam es cuando tocan Rearviewmirror, un tema con una melodía inolvidable, una intensidad a prueba de bombas y un estribillo listo para dejarse la garganta, el alma. A punto de cumplir las tres horas sobre las tablas, la banda tiene que tomar una decisión, si tocar Rockin´ in the free World, de su padrino Neil Young, o Baba O´Riley, de The Who, la apuesta esta vez fue el remolino de Pete Townsend con una audiencia enloquecida, fuera de sí. Tal y como entraron se despidieron con la paz que otorga Yellow leadbetter, sin estridencias y ese agradecimiento mutuo y eterno. Seguramente, una vez caigan los que llegaron antes que ellos, Pearl Jam quedarán en nuestro imaginario como la última gran banda de rock. No hay quien les haga sombra.

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