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La guillotina de la Revolución Francesa

Jules Michelet, en su Historia de la Revolución francesa, considera que la plaza de la Grève, del Carrousel o de la Revolución, eran una especie de escenarios teatrales donde se representaban dramas reales con actores (víctimas y verdugos) y un público sediento de sangre que quería más y más

Y uno de esos protagonistas fue Charles Henri Sanson (1740-1806) sin duda, el verdugo más famoso de ese drama. Ejecutó él solito a 2.918 personas, entre ellas a María Antonieta, Luis XVI, Danton, Lavoiser y Robespierre.

En abril de 1792, Sanson probó la eficacia de la guillotina por vez primera al ejecutar a un ladrón y asesino llamado Nicolás Jacques Pelletier. Desde entonces, fue un no parar. Según sus palabras, la ejecución del rey Luis XVI, el 21 de enero de 1793, le conmovió tanto que escribió unas cartas para contar su ejemplar comportamiento sobre el patíbulo: "El rey afrontó toda aquella situación con una compostura y un temple que nos dejó atónitos a cuantos allí nos encontrábamos. Sigo convencido de que aquella firmeza suya la había extraído de los principios de la religión". Y en otra parte de la carta escribe: "quiso abalanzarse sobre la parte frontal como si pretendiera pronunciar un discurso. Se le dijo que aquello no era posible. Entonces se dejó conducir hasta el lugar donde fue atado, desde donde exclamó con voz muy alta: ‘Pueblo de Francia, muero inocente’. Sanson fue, lo que se dice, un testigo de primera mano.

Entre sus recuerdos, cuenta también que el duque de Charost quizá fue la víctima que en el cadalso afrontó la muerte con más sangre fría. El duque permaneció callado, leyendo un libro durante todo el trayecto que hizo el carruaje que le conducía al patíbulo en la Plaza de la Revolución (la actual Plaza de la Concordia) y cuando ya estaba cerca de la guillotina, dobló con parsimonia la página donde había dejado la lectura, a modo de señal para continuar después... Eso es temple y no otra cosa.

Hasta esos momentos, el método de ejecución del reo dependía, como todo en la sociedad del Antiguo Régimen, del estamento al que se perteneciera. Si el reo era un villano, le esperaba la conocida horca. En el caso de los nobles, se hacía mediante la decapitación. Por último, en el caso de los asesinos, la ejecución de la pena era mucho más compleja, pues se realizaba en la terrible rueda, donde se le ataba para ir machacándole todos sus huesos. Debía de ser un espectáculo horrible. La guillotina democratizó a los tres estamentos de ese Viejo Régimen (clero, nobles y burgueses) ya agonizante. Fue ideal para un sistema que presumía de igualitario, pues sería el mismo para todos los ciudadanos con independencia de su rango y evitaría sufrimientos desagradables al reo y al público. Algunos de sus contemporáneos la llamaron la “máquina niveladora”.

Está claro que la revolución francesa de 1789, con la toma de la Bastilla, marcó un antes y después en la forma de concebir el mundo y las monarquías absolutas, algo que se contagió al resto de países europeos.

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