Juegos para los dioses

En la Antigüedad, un mundo sin internet, televisión o cine, no es extraño que los juegos tuvieran gran arraigo y difusión. “Estás sentado en el salón mientras juegas al juego del senet. Tienes cerveza. Tienes vino,” reza una antigua inscripción egipcia

Si se tenían esas cosas, se tenía casi todo. Hasta este punto todo parece lógico. Sin embargo, al igual que sucede en numerosos aspectos de la cultura del Valle del Nilo, los antiguos egipcios supieron hilar muy fino a la hora de buscar un nuevo significado a los juegos de emsa.

Según sabemos por algunos textos escolares, el juego más popular de todos recibía el nombre de senet, aunque no es raro encontrar referencias aludiendo al “juego de las treinta casillas” o simplemente, el “juego de los treinta.” Sin embargo, el nombre ya nos da una primera pista. Senet viene a querer decir “pasar” o “guiarse por”. Con este sugerente apelativo se está aludiendo a la propia dinámica del juego: atravesar su treintena de casillas y evitar los contratiempos y dificultades que puedan ir surgiendo.

Un juego para el más allá

Fue a lo largo del Imperio Nuevo (ca. 200 a. C.) cuando el senet adquirió ese significado ritual e iniciático que lo caracterizó durante el resto de su historia. A lo largo de este período, este juego de mesa pasa a ser más un artefacto mortuorio que otra cosa, adquiriendo el simbolismo del camino que el difunto debía de realizar en el paso al más allá. El éxito en una partida contra un contrincante garantizaba al espíritu del difunto el renacimiento. Conservamos algunos ejemplos que describen de forma muy clara esta situación. En una representación artística en la que aparece un noble de nombre Amenmose, éste se dispone a comenzar una partida de senet contra un hombre vestido con un faldellín y cabeza afeitada, similar al aspecto que tenían los sacerdotes egipcios. El texto lo deja bien claro, ese misterioso hombre no es otro que el destino.

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