La firma de Pedro Blanco

Un gol doloroso para el Gobierno

Pedro Blanco analiza la decisión del Gobierno de dejar sin efecto el reconocimiento como sindicato de una organización de trabajadoras del sexo, la posición del gobierno marroquí sobre inmigración y el mensaje del Ayuntamiento de Vic

En el mapa de los sonidos de este jueves... Un tema inesperado y un viejo debate.

La Ministra de Trabajo ha tenido uno de esos arranques de descarnada sinceridad y ha confesado públicamente que le han colado un gol. Magdalena Valerio quiere hacer lo posible para dejar sin efecto una decisión de su propio ministerio: el reconocimiento como sindicato de una organización de trabajadoras del sexo. La realidad y la legalidad, en este caso, chocan de forma estrepitosa. ¿Cómo puede existir un sindicato que reuna a quienes desarrollan una actividad no reconocida, irregular, ilegal decía la Ministra, que se desempeña bajo amenaza de violencia en no pocas ocasiones y con una flagrante vulneración de derechos? Este es, en palabras de la propia Ministra, uno de los goles más dolorosos que le podían meter a un gobierno que se expresa fundamentalmente en femenino.

En los sonidos de hoy... La posición un tanto cínica del gobierno marroquí.

Dicen en Rabat que aceptaron a los 116 inmigrantes que saltaron la valla de Ceuta para lanzar un mensaje a las mafias que tratan con los migrantes. Las mismas mafias que operan en su territorio, las mismas a las que deja hacer a conveniencia. La política marroquí siempre ha sido como un grifo que regula el caudal de la inmigración según le conviene.

Y en el mapa de los sonidos de hoy... Otro ejemplo de la apropiación zafia de las instituciones.

En el Ayuntamiento de Vic adoctrinan a golpe de megafonía municipal en la plaza de la localidad. En general este país no ha terminado de entender que cuando se abre la puerta de un ayuntamiento debería cerrarse la de la sede del partido. Utilizan las instituciones, las retuercen, las acaban vaciando de su caracter inclusivo, democrático, popular y ciudadano. Hace unos años, la idea de un ayuntamiento que esparciera ideología con altavoces, que difundiera consignas como una especie de mandamiento para sus adeptos nos habría parecido una distopía.

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