El dietario de Ramoneda

La situación exige algo más que retórica

Josep Ramoneda reflexiona sobre el discurso de Quim Torra, la decisión de Xavier Domènech de dejar todos sus cargos y la respuesta del Papa a los abusos sexuales en la Iglesia

Ana Pastor emplaza al presidente Torra a presentar sus ideas en el Congreso y éste no rechaza la oferta. Por ahí se empieza. Si es una invitación al reconocimiento mutuo hay que aprovecharla. A pesar de que Torra en su conferencia programática, una vez más, ha pasado con las palabras por encima de las cosas. Confirmando el estado de confusión de un presidente que sigue aferrado a la búsqueda del momentum, la fracasada estrategia de los momentos decisivos. La situación exige algo más que retórica. Por un lado hay cierta sensación de estancamiento, como si el conflicto se asentara sobre una tierra pantanosa en la que es imposible avanzar. Y por otra crece la preocupación por el día en que debajo del barro explote el volcán de las sentencias contra los presos independentistas. Mientras esta incógnita no se despeje no hay certeza posible.

Dos cosas están claras, sin embargo: el relevo generacional se ha completado en la política española y eso beneficia al bipartidismo, las partidos nuevos ya no parecen tan jóvenes. Y la situación de los presos independentistas es el único factor que puede asegurar la continuidad de la unidad del soberanismo. Un desenlace con condenas altas le daría además un plus electoral considerable.

Xavier Domènech deja todos sus cargos. Los comunes pierden una persona con autoridad, criterio y empatía, probablemente cansada de intentar introducir racionalidad en el barullo. En una política de machos se agradece que haya quién es capaz de decir que se va por agotamiento político y personal. Me inspira mucha más confianza que los que están dispuesto a aguantarlo todo.

Mirando al mundo, atención al mal verano para el Papa Francisco. Esta vez las malas noticias venían de Estados Unidos: los casos de pederastia se siguen contando por miles entre los clérigos católicos. Y las peticiones de perdón por más solemnes que sean suenan a cinismo. Es un problema estructural de la Iglesia Católica y estas cosas sólo ser resuelven con cambios de fondo. ¿Por qué Francisco, que ha hecho de la osadía estilo, aunque no siempre práctica, no impulsa de una vez el fin del celibato? Es un paso imprescindible para reducir esta lacra.

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