La columna de Almudena Grandes

Septiembre

Septiembre es el mes de los comienzos. Más allá del último día de agosto, la palabra “vacaciones” se disuelve en el aire como si tuviera prisa, pero todo lo que empieza desborda el hueco de su ausencia. Septiembre es un mes duro pero optimista, porque la ilusión de los buenos propósitos pesa más que la maldición de los madrugones, y aspiraciones tan modestas como apuntarse a un gimnasio, estudiar inglés o aprender repostería, se nos antojan proezas de incomparable mérito, hazañas capaces de convertir cualquier año en la mejor versión de nuestra vida. Así había sido, al menos, hasta hace poco, porque septiembre es ahora, también, el mes de la Diada, símbolo supremo de la tensión que ya se ha cobrado una víctima. Xavi Doménech se va, abandona la política porque se ha cansado de estar cansado y nadie puede reprochárselo. Es el primero, pero tal vez no sea el último. Su abandono representa una pérdida importante para todos los catalanes, todos los españoles que creemos en las virtudes del diálogo, pero ni aun así debemos pensar en tirar la toalla. Yo lo sé porque despedí mis vacaciones en Colombia, un país que sufrió una guerra civil que duró sesenta años, que arrasó de norte a sur su territorio, que lo sembró de muertos, de odio, de miedo y de rencor. Pero con todas las dificultades que implica la posición del expresidente Álvaro Uribe, enemigo de la negociación con la guerrilla, el proceso de paz colombiano sigue adelante. Es un ejemplo, una esperanza, y el mejor motivo para no renunciar al optimismo, ni al diálogo, en el septiembre que empieza.

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