El currículo del viajero: de periodista a empaquetadora de corales

La historia de una joven que hizo las maletas, lo dejó todo y se marchó a Australia

Soy Marina Alonso Mantolan, una joven periodista que siempre ha contado historias, aunque hoy contaré la mía. Cuando tenía 15 años tuve la oportunidad de viajar a Australia y vivir con una familia para aprender inglés. Desde entonces, este país ha estado en mi mente. Me hice la promesa que, cuando acabara la carrera y aunque estuviese trabajando, regresaría. Después de ocho años cumplí mi sueño.

En septiembre de 2016 hice las maletas y me compré un billete sin regreso. Lo dejé todo: trabajo, amigos, familia, pareja… Por aquel entonces tenía 23 años y toda una vida por delante. Así que, ¿por qué no lanzarse a la aventura?

Han pasado dos años desde que vivo en Australia y también he podido recorrer parte del Sudeste Asiático (esa es otra historia). Siempre explico que ser una inmigrante en este país es como “una montaña rusa”. No existe término medio: te sientes en estado de éxtasis o solo quieres rendirte y regresar a casa.

Ha sido todo un reto a nivel personal, pero Australia me ha enseñado a conocerme mejor. He descubierto que no necesito más que una furgoneta para dormir, el mar y buena compañía para sentirme la chica más afortunada del universo. Además he aprendido mucho de todos los trabajos que he tenido. Mi currículo es bastante extenso: de periodista he pasado a ser camarera, monitora de natación, modelo, sirena profesional, limpiadora, conductora de minibuses y empaquetadora de corales en un barco pesquero.

Tal y como manifestó el escritor y humorista estadounidense Mark Twain: “Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de la mente”. Después de aprender lo mucho que cuesta mantenerse sola y más siendo inmigrante en un país tan caro como es Australia, no se me caen los anillos del dedo. Jamás voy a comparar a un médico como una persona más válida que un cocinero.

Australia era el cambio radical que necesitaba en mi vida. Sin embargo, los últimos meses de mi primer año de visado han sido los más agridulces de mi experiencia. Para extender un año más tu visa, los españoles debemos trabajar durante 88 días en una granja, hoteles o restaurantes. Obligada por ley a marchar al norte del Trópico de Capricornio, acabé en un pueblo en mitad de la nada cerca de una ciudad que, para que lo visualicéis, es la meca de la ternera y de los cowboys australianos.

Trabajé en un pequeño hostal de viajeros en un pueblo que apenas había tratado con gente extranjera. No solo me costaba entenderles, sino que apenas ellos me entendían a mí. Era “la española del pueblo” y por consiguiente, fue complicada la relación con mis jefes por cuestiones de entendimiento y paciencia. Mi labor consistía prácticamente en sacar adelante ese desastre de negocio. Trabajé en recepción, limpieza, bar hasta conducción de autobuses. Había noches que el pueblo entero venía de fiesta al bar del hostal (porque solo había dos en todo ese lugar) y me tocaba hacer de taxista de policías borrachos a las tantas de la madrugada y personas que tuvieron gestos racistas hacia mí.

Acabé de patitas en la calle con una maleta y sin saber a dónde ir. Por suerte conseguí trabajo en un resort en una isla cercana al pueblo. Cogí el barco y ahí comenzó otra locura de experiencia. Ese negocio era la imagen de la corrupción y las condiciones en las que vivíamos eran deplorables para los 600 dólares semanales (unos 370 euros) que teníamos que pagar por dormir en una tienda-cabaña y por la basura de comida que nos daban. Mi jefe era un delincuente que robó un millón de dólares a la policía cuando trabaja en el departamento financiero y lo perdió apostándolo a los caballos. Además, el supervisor del restaurante era un australiano de origen singalés, racista, misógino y un maleducado. Se me caía la cara de vergüenza cuando se tiraba pedos y eructos delante de los clientes.

Sin embargo, fuí feliz. La situación era tan cómica que cada día era una aventura y la isla era preciosa. Recuerdo una vez que estaba trabajando en el restaurante, una niña vino para pedirme ayuda. Me dijo que uno de los hijos de los que llevaban el negocio de deportes acuáticos había atropellado a una mujer en la playa con el quad. Salí con el botiquín corriendo (esa es otra historia). He de destacar que el niño tenía cinco años y sabía montar en moto de agua y conducir a más de 100 kilómetros por hora. ¡Eran todos unos salvajes!

Pero como decía, esa isla y toda mi experiencia durante esos meses me han convertido en una mujer capaz de todo. He aprendido a vivir de una forma muy simple y a apreciar de verdad todo lo que tengo. Siempre recordaré los 56 días que viví en aquella tienda de campaña, pero sobre todo me acordaré de todos aquellos viajeros con los que conviví y que se convirtieron en mi familia. Ante situaciones difíciles, solo puedes quedarte con lo positivo, sacar el humor de donde puedas y hacerte más fuerte.

Esta es mi historia que dentro de un mes continuará en Sri Lanka, a donde me voy sin nada más que con todas las ganas del mundo para comenzar una nueva aventura.

 

 

Más fotos en Instagram: @marinamantolan

 

 

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