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Hambre y resilencia climática

El cambio climático se ha convertido en una de las principales causas de que vuelva a aumentar el hambre en el mundo. Hemos hablado con el director de desarrollo agrícola de la FAO, que destaca la necesidad de desarrollar una "resiliencia climática" para evitar que la situación empeore. ¿Qué es y cómo se logra?

La situación del hambre en el mundo ha sufrido un retroceso volviendo a los niveles de hace una década. 821 millones de personas pasan hambre. Una de cada nueve personas no tiene nada que llevarse a la boca. La mayoría están en Asia, donde el nivel pobreza castiga a 515 millones de habitantes. Se suman, a los 256 millones de África y los 39 millones de América Latina y el Caribe.

Los datos que ha aportado el último informe de la FAO, El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2018, desvelan además que la pobreza extrema sigue afectando a los más pequeños. Hay 150 millones de niños con menos de 5 años a los que el hambre ha retrasado su crecimiento. Solo el 40% de los niños menores de 6 años han sido alimentados exclusivamente con leche materna. Cada día mueren 8.500 niños por causas relacionadas con la desnutrición.

Marco Sánchez Cantillo, director de desarrollo agrícola de esta agencia de la ONU, enumera “la pobreza, la marginalización de los grupos más vulnerables y la inequidad” como causas de la subalimentación en el mundo. Sin embargo, después de un periodo de crecimiento la tendencia está cambiando y eso ha llevado a la FAO a buscar otras causas: “la inestabilidad en las regiones afectadas por conflictos y la violencia han jugado un papel muy importante. Los eventos climáticos que han golpeado muchas regiones del mundo y la desaceleración económica que ha afectado también a las regiones que no necesariamente han tenido conflicto”. Si bien el informe del año pasado aportó un estudio en profundidad del papel de los conflictos, el de este año se centra en el papel de la variabilidad climática y los fenómenos extremos para explicar las tendencias observadas en la seguridad alimentaria.

Hay una tendencia de aumento de las temperaturas. Ese cambio climático y otros efectos del clima, asegura Sánchez Cantillo, se han convertido en nuevas variables. “Los eventos climáticos extremos han aumentado en número e intensidad en muchas regiones del mundo”. Los efectos más significativos de esto se aprecian en “la disponibilidad de alimentos, dada la alta sensibilidad de la agricultura con respecto a clima”, pero también en se ven afectadas otras vertientes de la seguridad alimentaria: “el acceso a los alimentos, porque afecta a los modos de vida de las personas que dependen de la agricultura y por lo tanto hay menos capacidad adquisitiva, y la utilización, porque se ve comprometida también la calidad de los alimentos. Y hay una cuarta dimensión que es la estabilidad, porque hay más variabilidad del clima”.

La FAO llama en su informe a desarrollar una “resiliencia climática” como única opción para evitar que esta situación empeore. Desde Canadá, Angélica Valeria Ospina, del Instituto Internacional de Desarrollo Sostenible, nos ha definido este concepto como “la habilidad de absorber los impactos negativos de los choques externos, sobrevivir a estos choques y ser capaces de recuperarnos; de adaptarnos al cambio, a las nuevas circunstancias; y de transformarnos”. Se trata de una capacidad que todos tenemos de forma intrínseca a nivel individual y comunitario. Pero, ¿cómo se aplica? Ospina defiende que ya se está desarrollando en muchos ámbitos en los que se dan “inundaciones o sequias muy extremas, a través de mecanismos como infraestructuras más resistentes, a través de sistemas de ahorro, de conserva de alimentos, que les permiten a esas comunidades e individuos recuperarse y resistir el impacto por ejemplo de desastres naturales, o a través del uso de semillas más resistentes, de la adopción de nuevas técnicas agropecuarias o de diversificación de sus medios de vida”.

Para Sánchez Cantillo, “debemos crear las condiciones que hagan que la capacidad de adaptarnos a las situaciones adversas que nos presenta el clima esté ahí”, como cuando construimos edificios sólidos para prepararnos para un eventual terremoto que no podemos predecir. Y “la buena noticia es que contamos con el conocimiento y las herramientas para hacerlo”. Existen, por ejemplo, según el director de desarrollo agrícola de la FAO, “infraestructuras a prueba de clima, sistemas de alerta rápida de los riesgos climáticos, instrumentos de protección social o manejo más eficiente del agua”. El reto es ahora “invertir a mayor escala”. Lo que reclaman desde la FAO es que se integren estas medidas en los diálogos internacionales. Por ejemplo, denuncia, en Naciones Unidas hay una gran agenda sobre reducción y gestión de los riesgos de desastres y por otro lado existe la agenda de adaptación al cambio climático, así que “es muy importante que empecemos a trabajar en la integración de esas agendas”.

Didier Vergès, responsable de Prevención y Resiliencia de Acción contra el Hambre, nos ha ofrecido un mapa de las zonas en las que más está afectando el hambre. Hay “consecuencias del cambio climático sobre los medios de vida de la gente en África, en el Sahel, y también en América latina, en la zona del corredor seco en América Central”, donde la escasez de lluvias ha reducido enormemente los cultivos. En su última visita a Guatemala en julio, recuerda Vergès, “llevaban 50 días sin lluvias en un periodo que tenía que ser de germinación de los cultivos”.

La tendencia sigue al alza, cuenta Vergès. “Los centros que se dedican a inventariar los desastres muestran un incremento año tras año. Porque se reportan más y también por la variabilidad climática y la acción del hombre”. El primer paso para combatir los efectos del cambio climático, señala, es “monitorear cuáles son sus impactos para poder prevenirlos o actuar de forma temprana contra ellos”. A esto se debe unir un sistema de protección social ampliado que permita asegurar a la población el acceso a los servicios básicos. Y en ese monitoreo están empezando a aplicar medidas los Estados, aunque es “un largo camino por recorrer y podemos hacer mucho más de lo que se está haciendo”.

El informe de la FAO destaca que el 80% de los desastres a nivel mundial están asociados al clima, lo que hace difícil cuantificar las pérdidas, pero para Sánchez Cantillo lo más relevante es que esas pérdidas de la producción se traducen en “pérdidas de las condiciones de vida”. Además, hay otras causas de la hambruna como los conflictos. El reporte del año pasado de la FAO dejaba constancia de que el conflicto te lleva a una situación de inseguridad alimentaria, pero, además, recuerda Sánchez Sotillo, “notábamos evidencia de que la inseguridad alimentaria puede llevar a comportamientos que deriven en conflicto”. La resiliencia también debe darse en las situaciones de conflicto, para ser capaces de adaptar los hogares a esa situación “de tal manera que pueda solventarse no sólo de una manera humanitaria, sino de desarrollo” porque, para Sánchez Sotillo, esta es la forma de mantener la paz con seguridad alimentaria.

Al mismo tiempo que se nos revelan estas cifras, lamenta el director adjunto de Desarrollo de la FAO, estamos seguros de que somos la primera generación que tiene en sus manos la capacidad de erradicar el hambre en todo el mundo. Por eso su objetivo es “seguir trabajando para poder apoyar a los países miembros de la organización y advertir del problema”, con el objetivo final de que en 2030 haya hambre cero.

"Sexo de supervivencia" en Lago Chad

En este programa de Punto de Fuga hablamos también de la supervivencia en otros ámbitos. La supervivencia en la cuenca del lago Chad pasa para muchas niñas y adolescentes por las violaciones sistemáticas, según ha expuesto Plan Internacional en un nuevo informe. Los ataques de los grupos yihadistas Boko Haram y Estado Islámico de África Occidental, sumados a catástrofes naturales como sequías y la degradación del medio ambiente, han generado una grave crisis humanitaria en Níger, Nigeria y Camerún. Casi el 25% de las jóvenes entrevistadas han sufrido algún tipo de abuso en el último mes y el 62% de ellas pasan hambre.

Concha López, Directora General de Plan Internacional, ha destacado la vulnerabilidad de las adolescentes en este tipo de crisis, “porque aparte de la violencia física que sufren todas las poblaciones, la falta de comida y de asistencia sanitaria, se une la violencia física y sexual que sufren estas niñas”. Estas niñas “están olvidadas”. No sólo sufren la violencia en el conflicto, sino que “una vez que están en las zonas de acogida vuelven a sufrir esa violencia sexual y física”. Están forzadas al “sexo de supervivencia”, como relata el informe, una moneda de cambio por la falta de recursos de las niñas y sus familias. López asegura que hay relaciones sexuales forzadas a cambio del pago de la matrícula de la escuela o para la subsistencia diaria. “Cambian cualquier tipo de necesidad básica por lo único a que pueden ceder, que es su cuerpo”, lamenta.

También se dan matrimonios forzosos. En zonas del noreste de Nigeria, relata López, las niñas se casan a partir de los 13 años, eso las obliga a “salir de la escuela, cuidar de los hijos o tener embarazos no deseados por parte de violaciones”. Muchas veces son rechazadas por la familia o la comunidad por tener embarazos no deseados a consecuencia de los abusos y quedan “condenadas a la miseria”. Esto ocurre todavía, asegura la directora de Plan Internacional “porque las mujeres valen poco”, sobre todo en estos países, por eso su objetivo es situarlas en la agenda internacional.

El informe refleja también que ellas creen que a pesar del sufrimiento “hay esperanza de libertad y prosperidad en el futuro”, asegura Concha López, lo cual “es muy alentador y anima a seguir trabajando con ellas” y devolver al mapa una crisis que lleva nueve años activa y olvidada.

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