Crimen sin castigo

Robar un bebé condena a sus padres biológicos a una tortura: la nostalgia de lo que pudo ser y efectivamente fue

Emmanuel Carrere presenta estos días una reedición de su biografía de Philip K. Dick. Dick es autor de mi historia favorita de todos los tiempos. Un niño tenía un hermano gemelo, y para que sus padres los distinguiesen de bebés, les pusieron una pulsera de cada color. Un día, en la bañera, uno de los gemelos se ahogó y las dos pulseras se desataron en el agua. El protagonista dice: "Nunca supe quién murió, si mi hermano o yo". Siempre recuerdo esta historia cuando leo sobre bebés robados. Porque les vacían la bañera, les cambian la pulsera y, a ojos de sus padres biológicos, los matan, y matan de paso a los niños que iban a ser para que sean otros. Les imponen una vida distinta en el momento en que ellos son más débiles y no pueden elegir nada, y condenan a sus padres biológicos a una tortura: la nostalgia de lo que pudo ser y efectivamente fue, pero ya no en sus casas. Demasiada literatura para un crimen sin castigo.

 

 

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