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La moderación, ¿un mal negocio?

Ahora, los partidos sospechan que la moderación ya no es rentable y que los votantes terminarán escorándose hacia los populismos

No he visto especial novedad en las broncas parlamentarias de los últimos días y, por tanto, no he entendido el alboroto que han provocado los recientes desplantes y salidas de tono en el Parlamento, sobre todo en las comisiones de investigación, que por cierto habría que eliminar porque no sirven para nada. Son basura cochambrosa, desde luego, pero no tienen nada de nuevo, no han superado récord alguno ni en gravedad ni en estrépito.

A lo largo de la democracia el hemiciclo del Congreso ha asistido a espectáculos muy penosos en los que se oyeron barbaridades de muy grueso calibre, y lo que es peor, pronunciadas por algunos de nuestros políticos principales. Lo de la traición a los muertos, por ejemplo, es una burrada muy difícil de superar. Y en tocante a zafiedad hemos tenido a ilustres gamberros, pero nadie ha alcanzado todavía el nivel de un Martínez-Pujalte, que es el mayor camorrista que ha conocido el Parlamento. Pero sí puede estar pasando algo muy significativo en materia de radicalidad. Lo señalaban ayer Pilar Portero y Ana Cañil en el Huffington Post. Hasta ahora, decían, la radicalidad se manejaba para calentar motores, pero de cara a las urnas todos los partidos vendían moderación. Ahora, los partidos sospechan que la moderación ya no es rentable y que los votantes terminarán escorándose hacia los populismos. A mí me cuesta creerlo, pero ¿será así? ¿La creciente polarización arrastrará a todos a los extremos o por el contrario despejará la zona templada en beneficio del que la acierte a ocupar? En este año plagado de citas electorales podremos salir de dudas.

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