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¿Freno al narcoturismo?

Este que envuelve la figura de Escobar quizás haya sobrepasado esa línea que separa el conocimiento de la barbarie y la banalización del mal

El ayuntamiento de la ciudad colombiana de Medellín va a derribar el edificio Mónaco, una de las residencias del narcotraficante Pablo Escobar, para levantar un parque en honor a sus víctimas. La vivienda se ha convertido en uno de los hitos de una especie de narcoturismo que lleva cada año a miles de visitantes a las casas que habitó, la cárcel que se construyó para su propia reclusión, el lugar en donde fue abatido hace 25 años o la tumba donde reposa. Turistas que después compran chapas, llaveros, camisetas y tazas que recuerdan al narco.

La ola se alimenta no sólo de curiosos que quieren contrastar la ficción que han visto en Netflix con la realidad sino de personas que consideran al personaje un héroe, o un malo que hizo también cosas buenas por sus vecinos, o un malo que hizo tanto daño que ahora es de justicia poética que la sociedad que sufrió por su causa disfrute ahora de los réditos de su memoria. Es verdad que el turismo del mal ha despertado curiosidad en todos los tiempos. Pero este que envuelve la figura de Escobar quizás haya sobrepasado esa línea que separa el conocimiento de la barbarie y la banalización del mal con el único objetivo de fomentar el turismo.

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