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Malas noticias para el Supremo

Josep Ramoneda reflexiona sobre la reputación del Poder Judicial en España tras la sentencia del Tribunal Supremo sobre las hipotecas, la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos sobre el juicio injusto que tuvo Arnaldo Otegi y la confirmación de las durísimas peticiones de la Fiscalía para los independentistas procesados

A mayor protagonismo, más exposición pública y riesgo para la reputación. Es lo que le está ocurriendo al Tribunal Supremo en particular y al poder judicial en general en un momento especialmente delicado porque las negligencias del poder político han dejado en sus manos la crisis catalana. La confirmación de las durísimas peticiones de la fiscalía para los independentistas procesados ha agrandado la desconfianza con la justicia de buena parte de la sociedad catalana que vive la sensación de que le cuentan una película totalmente distinta de la que vivió. Pero además se multiplican las malas noticias para el Supremo. Que el Tribunal de Estrasburgo diga que Otegui no tuvo un juicio justo en la Audiencia Nacional por el caso de la reconstrucción de Batasuna, suena a aviso para navegantes. A su vez, en el caso de los impuestos de las hipotecas, 28 jueces han necesitado dos días de debates para desautorizar a sus colegas en un insólito procedimiento de respuesta a la alarma bancaria, que solo sirve para alimentar la sospecha sobre la independencia real de la justicia. Y, por si fuera poco, el presidente Carlos Lesmes se despedía del fallecido juez Ramírez Sunyer, de vocación judicial tardía e instructor del 1-0 en Cataluña, con estas palabras: “Pero tu decidiste cambiar el rumbo de tu propia historia y al hacerlo, cambiaste el de la Historia de nuestro país”. ¿Cumple los requisitos de imparcialidad exigibles a un presidente de los jueces quién escribe éstas cosas en vigilias de un juicio que tendrá repercusión mundial? Es innegable que, a veces, son los propios magistrados quienes colaboran activamente en la erosión de la imagen corporativa. Malos tiempos para la democracia, cuando la política pasa por la justicia.

Del martes electoral americano, y a la espera de los resultados, una constatación. Mientras Trump ha hecho la campaña a piñón fijo con el insulto, la xenofobia y la amenaza como modo de estar en el mundo, la novedad ha venido de los demócratas que carentes de liderazgo han visto como llegaban jóvenes candidatos, entre ellos muchas mujeres, a salvar al partido, dando la batalla a los viejos notables. Una especie de 15-M a la americana, en que los nuevos valores asaltaron las primarias.

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Cadena SER

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