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Las trincheras de la esperanza

“Durante diez años lo único que aprendí fue a matar, nada más. La guerra me dejó claro que sólo morimos los pobres. Nos matamos para que los ricos sean más ricos a costa de nuestra sangre. Nos decían que íbamos a la yihad a luchar contra los infieles, que iríamos al paraíso, pero esos mismos que nos empujaban a combatir no mandaban a sus hijos. Si realmente era la yihad, ¿por qué no iban también sus hijos? La guerra carece de sentido alguno", lamente Ghulam, combatiente en la guerra de Afganistán.

En medio de las guerras encadenadas que sacuden el país desde 1979 surge una enorme lección de vida en el encuentro de un periodista, Antonio Pampliega, con dos rivales en un centro de la Cruz Roja. "Ninguna guerra tiene sentido. Ni las religiosas, ni las civiles, ni las étnicas”, le responde Najibullah. “Jamás pensé que compartiría plato con un muyahidín y mírame ahora. Ghulam es uno de mis mejores amigos. Lo quiero como a un hermano. Nos obligaron a odiarnos, a ser enemigos... ¡Nos obligaron!”, lamenta.

Ghulam y Najibullah representan el absurdo de la guerra, que ambos han pagado muy caro. Los dos han perdido la misma pierna por la explosión de una mina. Antonio Pampliega hace en su último libro: “Las trincheras de la esperanza” un retrato de la situación actual en Afganistán con un hilo conductor: el de un emblema de la Cruz Roja en Afganistán como es Alberto Cairo, que lleva allí desde 1990. A través de sus ojos Pampliega recorre los últimos 28 años y va presentando diferentes historias, “todas ellas de supervivencia”, de personas que han tenido que “rehacerse tras perder varios miembros o no poder volver a caminar jamás”, cuenta Pampliega, para “dar una bofetada de realidad” a la gente.

Alberto Cairo reflexiona sobre la reconstrucción del país. “La democracia es un concepto muy complejo, incluso en nuestros países. Así que imagínate aquí, donde había un grado de analfabetismo altísimo. ¿Sabes cuál fue el problema? Que nadie preguntó a los afganos lo que querían y necesitaban. Su opinión no contaba. La comunidad internacional tenía claro que la instauración de la democracia constituiría un éxito. O, mejor dicho, el mal menor. Pero ¿qué querían realmente los afganos? ¿Una democracia a la manera occidental? ¿Un régimen islámico? ¿Una dictadura? Lo que querían eran escuelas, hospitales, ser libres, estar seguros, en paz, que la economía fuese bien, pero...” Pampliega lamenta también que los occidentales nos hayamos “creído mejores que ellos” para saber cómo reconstruir Afganistán, instaurando una democracia “en un país en el que el que más del 80% de las personas no saben leer no escribir” y en el que cuando miran a su parlamento, ven que quienes representan esa democracia son “muyahidines que durante la guerra civil hicieron auténticas barrabasadas, son criminales de guerra”.

Otro de los errores de occidente fue pensar que el problema de las mujeres en Afganistán era el burka. “El problema de las mujeres afganas no es el burka. ¿Cuándo lograréis entenderlo?”, recrimina Karima, otra de las voces que incluye Pampliega en su libro. “Los talibanes me obligaron a llevar burka durante su régimen. Sí, era humillante y vejatorio. Odiaba llevarlo. Pero lo realmente grave era que las mujeres no podíamos trabajar y las niñas no podían ir a la escuela a estudiar. Han pasado más de quince años de la caída del régimen talibán. Nadie nos obliga a llevar burka... ¿Y? Eso es lo único que ha cambiado. Seguimos siendo esclavas de una sociedad machista y patriarcal que trata a las mujeres como ciudadanas de segunda, pero desde Occidente habéis lavado vuestras conciencias porque ya no nos obligan a llevar burka. Pues muy bien...”

Península

Pampliega explica que las mujeres en Afganistán tienen otros muchos problemas en los que no se pone el foco, como los matrimonios infantiles de “niñas de 14 y 15 años”. Además, recuerda, “cuando se fueron los americanos y las tropas internacionales tres millones de niñas dejaron de ir a la escuela”. Tal era la situación bajo el régimen talibán, que prohibía estudiar a las mujeres, que surgieron escuelas clandestinas en casas particulares con grupos pequeños de niñas. Najia cuenta que su profesora “venía todos los días oculta bajo el burka y acompañada de su hijo. Si los talibanes la detenían por la calle y le preguntaban, decía que iba a un taller de costura o a ver a un familiar. Una vez en casa, comenzaba la clase. cuando se marchaba, escondíamos los libros para que nadie los pudiese encontrar”. La educación es “lo primero a por lo que van todos los dictadores y gobiernos autocráticos”, asegura Pampliega, porque “la educación es el arma de destrucción masiva más importante que hay”.

En este momento en el que occidente se ha retirado de Afganistán, continúa en el país la amenaza de Dáesh y de la insurgencia que tiene cerca del 70% del país bajo su dominio. Esto supone un problema, advierte el periodista, y es que “dentro de unos años, Afganistán volverá a ser ese nido de yihadistas que fue durante los cinco años de periodo talibán”.

Además, hay otro problema oculto que está provocando grandes dramas en la población: la droga. “Estoy buscando a mi hijo. Es drogadicto. Está enganchado a la heroína, al opio... Desde hace dos años es consumidor habitual. En la universidad comenzó fumando tabaco con unos compañeros de clase. Tras acabar la carrera no encontró trabajo y cayó en una profunda depresión. Estaba frustrado por la falta de oportunidades laborales. Se juntó con otros nuevos amigos y empezó a fumar opio, y después pasó a la heroína. Primero fumándola y después inyectándosela en vena. Tengo miedo de encontrarlo muerto de una sobredosis”, cuenta Neroyudin. Afganistán es el mayor productor de opio del mundo, un negocio en manos de “señores de la droga y señores de la guerra, títeres de occidente que los han colocado ahí para manejar este negocio que es muy lucrativo”, explica Pampliega.

En Afganistán hay diferentes etnias. Hay minorías históricamente perseguidas, como cuenta Shukrullah, hazara: “Los hazara hemos sido, históricamente, ciudadanos de segunda. No ha habido época en la historia de este país en la que no nos haya tratado de eliminar algún otro grupo étnico. Nos han masacrado, humillado, vejado, arrinconado y han violado a nuestras mujeres, hermanas o hijas. Si me detienen, me ejecutarán por ser hazara”. Los talibanes han llegado a matar a miles de personas de esta minoría chiita.

Pampliega vuelve con este libro al papel de reportero que Al Qaeda le intentó arrebatar en 2015, como relató en su anterior publicación “En la oscuridad”. Tratando de demostrar que antes del secuestro era periodista y después lo sigue siendo. Y la narración de este reportaje comienza con la historia de Fide, “el niño de cristal”, un chico de 17 años que padece una enfermedad rara que hace que se le caiga la piel: “La vida es algo dulce, pero para mí es un castigo. Esta es la vida que me ha tocado vivir a mí. Obviamente, me gustaría tener una vida distinta, pero esta es la que me ha tocado. Hablo con Alá todos los días y lo único que le pido es que me cure. Pero creo que me ha castigado. Quizás piense que he hecho algo malo y que por eso tengo que cargar con este sufrimiento. Sin embargo, es Él quien decide y yo sólo puedo acatar su decisión. Sueño con poder curarme y poder caminar. Con correr, jugar, ser un niño..."

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