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CRÓNICA | MÚSICA

Los maratones de Springsteen

El músico se vacía en Madrid en un concierto de casi cuatro horas

El cantante estadounidense Bruce Springsteen y el guitarrista Steven Van Zandt en un momento de su actuación en el concierto /

Hace cuatro años Springsteen llenaba el estadio Santiago Bernabéu, ayer volvía hacerlo aunque con más problemas. El mundo ha cambiado mucho en este tiempo, Europa y España también. Hasta la vida ha dado algún golpe a la E Street Band como la trágica muerte de Clarence Clemons. El gran compañero de Springsteen, ahora sustituido por su hijo, falleció el verano pasado tras varias décadas soplando su saxo junto al resto de la banda.

Los años pasan y pesan pero el músico de Nueva Jersey sigue defendiendo sobre las tablas muchos de los ideales del rock, principios eternos que Springsteen mantiene intactos. El hombre que mejor representó los sueños y anhelos de la clase obrera estadounidense sigue defendiendo las mismas ideas, aunque el precio de las entradas en días de crisis haya provocado que sobren boletos en la mayoría de los conciertos de su gira, algo impensable en visitas anteriores. El músico regresaba a Madrid con Wrecking Ball, un buen álbum que le devuelve a la senda del rock tras unos discos menores aunque con suficientes aciertos para defender en directo.

Durante algo más de tres horas y media el músico estadounidense repasó su cancionero con guiños a viejos seguidores y repleto de grandes éxitos repartidos a lo largo del último tercio del concierto. La noche comenzaba con el público haciendo la ola antes de la salida de la banda que arrancó fuerte con Badlands, No surrender y We take care of your own, una primera parte en la que el músico de Nueva Jersey presentó a Madrid las canciones de su último álbum y un primer guiño a su fallecido amigo en My city of ruins. Spirit in the night sirvió para presentar a la inmensa banda que acompaña a Springsteen. Los chicos de la E Street Band, más viejos y gordos aunque igual de acertados que siempre, se hacen acompañar en esta ocasión de una espectacular sección de vientos y coristas que aporta un sonido limpio y hermoso, aunque infrautilizado en algunas ocasiones.

El concierto fue cogiendo fuerza a partir de la primera hora y media, recuerdo especial para Nacho, un fan fallecido del músico al que dedicó una canción antes de lanzarse al pop melódico de Waiting on a sunny day o a la ovación extasiada del estadio con The River y Because the night. La noche pintaba calurosa y larga, repleta de viajes al pasado, a días en los que la vida nos trataba mejor. Madrid volvió a escuchar The Rising, aquella enérgica y positiva mirada que fue la respuesta del cantante a la barbarie del 11-S. El público volvió a ponerse en pie para cantar los versos de Thunder Road, una canción eterna que llenó el estadio de mecheros y móviles encendidos. Born in the USA y Born to Run dieron forma a la última tacada de canciones. Para entonces Springsteen ya se había ganado al respetable con sus habituales concesiones al público como sacar a cantar a un pequeño, bailar con un operario o subir en brazos a una niña ataviada con la camiseta Springsteen de rigor.

La noche iba tocando a su fin con una última tacada de temas clásicos con Hungry Heart o Dancing in the dark. Tras más de tres horas Springsteen estaba agotado y lo representaba tirándose al suelo y esperando a que sus compinches le tiraran algo de agua por la cara que le devolviese algo de energía, una energía que recuperó para un fantástico cierre con Tenth Avenue Freeze-Out, que contó con un emotivo silencio en honor a Clemons. Así acabó Springsteen, casi cuatro horas después, su regreso a Madrid. Una vuelta hermosa a una ciudad que se volvió a rendir sin concesiones a este gigante del rock, a este veterano que aunque ya no enlace las canciones sin pausa, aunque haya perdido a amigos en el camino, sigue siendo el mejor.

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