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El nombre de las cosas

Aviso, estoy cabreado. Las cosas tienen un nombre por algo. El lenguaje también puede y debe ser exacto. El otro día fui a comer a un restaurante de esos de menú a 10 euros y en las opciones de segundos platos, el honesto restaurador, con gran alegría de sus gónadas, ofrecía Pulpitos de la Costa. Y tan tranquilo, oiga. ¿De qué diantre de costa se suponía que iban a ser esos pulpitos? Y no sé por qué, pero se me apareció la de Senegal porque, si tenían que ser de la nuestra, era imposible que al honesto restaurador le salieran las cuentas. A pesar de todo, como mis gónadas son mayores que las de cualquier honesto hostelero, los pedí. Efectivamente, los pequeños cefalópodos eran patagónicos como mínimo...  por lo de congelados quiero decir. Y es que ya está bien de que nos tomen el pelo y de que nos lo dejemos tomar. Ya está bien de que las vieiras, las navajas y los berberechos siempre sean de la ría, cuando en realidad son de risa, de vaya usted a saber dónde demonios y no tienen ni padre ni madre conocidos. ¿Y lo de la carne? Que si buey, que si ternera gallega, que si añojo argentino y el cuento de nunca acabar. No me voy a extender y al que le interese el tema que lea este artículo de Jorge Guitián, pero lo del  buey de Kobe es para mear y no echar gota, señores. Entre otras cosas, porque, a menos que vayamos a Japón y tengamos suerte, es imposible comerlo en cualquier otro sitio, básicamente porque, hasta donde yo sé, parece que no se puede exportar. ¡Ni tan sólo no se pueden exportar su semen o sus embriones! Fuera de Japón, como mucho, podemos aspirar a comer buey de raza Waygu (o vaca o ternera o lo que sea que sea el bicho) cruzado con culaquiera otra raza y críado en las extensas praderas de Nebraska, Australia o Nueva Zelanda o incluso Burgos, pero seguro que nunca ha recibido los dulces y alcohólicos masajes de un ganadero nipón con judogui. Es más, lo del buey de Kobe parece más un mito que una realidad e incluso en el propio Japón es difícil que no te den gato por liebre. Ahora tenemos el escándalo del Aceite de Oliva Virgen Extra, que resulta que en muchos casos no es ni tan virgen ni tan extra. Y antes tuvimos la mal llamada guerra del cava que destapó las tropelías que cometían las dos grandes maisons catalanas y sus miserias, mientras el consejo regulador de la propia DO, y eso si son gónadas Brut Nature, miraba hacia Cuenca. Y para rematar, el otro día veo en televisión un anuncio de una marca que fabrica embutidos de forma industrial que anuncia un jamón cocido como, agárrense lo machos (o las gónadas), ¡artesano! Y nadie dice nada. Bueno sí, la OCU de vez en cuando. Pero exigir que a las cosas se las llame por su nombre, que en las cartas de los restaurantes no se pueda decir según qué barbaridades, que no valga cualquier cosa para vender lo que sea y de excentricidades como trazabilidad y saber con certeza qué comemos y de dónde viene, nasti de plasti. Una última cosa. Amigos de toda España: eso del pantumaca, vosotros sabréis lo que es, pero en Catalunya siempre le hemos llamado (y escrito) pa amb tomàquet. Y eso es todo lo que tenía que decir. Gracias.   * Imagen: Jennifer Woodard Maderazo.