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Ponerle puertas al campo

Foto para Twitter Hace cosa de un mes el New York Times publicaba un controvertido artículo sobre la prohibición de tomar fotos en algunos restaurantes de la ciudad. La noticia no tardó en llegar y casi todos los medios nacionales se hicieron eco de la reseña. Acto seguido medio país sacó el opinólogo que lleva dentro y se fue añadiendo combustible a la polémica. Siendo como somos, medallistas olímpicos en juzgar al prójimo, no tardó en aparecer todo un colectivo de damnificados por los fotógrafos espontáneos de comida. Un sindicato invisible de refunfuñones que aprovechó para sacar a pasear adjetivos como patéticos, cargantes, o maleducados, destinados a los que disparan sus cámaras cuando visitan un restaurante. La queja más repetida: el molestísimo uso de flashes. Aunque nadie que tenga ciertas aspiraciones a tomar una buena instantánea usa el flash, es bien cierto que la fotofobia es una patología tan extendida que muchos comensales pierden la visión durante minutos cuando un irresponsable dispara fotos con rayos láser. Eso es verdad: intolerable. Además les molesta muchísimo que otros estén dale que te pego haciendo fotos con el móvil en la mesa de al lado. Argumentos del tipo "que es una distracción para el resto" de comensales de la sala, "que trastorna el ambiente", o la imposibilidad de disfrutar de la comida y la conversación. Y digo yo: ¿a ti qué pelotas te importa? Es más: ¿qué opinan tus compañeros de mesa de que estés más pendiente de lo que hacen en la de al lado, que de disfrutar de su compañía? ¿Que interfiere en la conversación entre los comensales? Perdona, eso es un problema entre mis acompañantes y yo, te agradecería que no te metas en mis asuntos. ¿Y qué decir de una política tan poco saludable en plena crisis económica como la de prohibir una actitud con razones tan poco consistentes? ¿De verdad han creído estos empresarios hosteleros que los que aborrecen a los foteros son tantos como para llenar sus restaurantes y prescindir del resto? El mencionado artículo del NYT cita a varios restaurantes en los que está prohibido tomar fotos, como el Momofuku Ko. Pues lo lamento pero parece ser que se les ha colado algún espía de Método 3 y han publicado galerías de fotos de sus menús. Y por cierto, si te pillan sacando fotos... ¿qué pasa? ¿Te echan? ¿Te hacen borrar las fotos? ¿O es que te quitan cualquier dispositivo antes de sentarte a comer? Puestos a prohibir, se me ocurren varios motivos por los que los grinchs podrían censurar actitudes ajenas. Celebrar cumpleaños, por ejemplo. La otra noche, en Tanta Barcelona, se celebraban tres simultáneamente, con sus tres canciones, velas y aplausos... Otro buen motivo es el de las muestras de afecto en la mesa: besos, caricias, tocamientos lascivos... ¡Qué se vayan a un hotel! Pero mi prohibición favorita sería la de llevar a los niños al restaurante. Cada vez que se plantea que haya locales donde se prohíba el acceso a menores, surgen hordas de padres encolerizados quejándose de segregación injustificada. Sus hijos, curiosamente, son siempre unos benditos y ellos unos educadores ejemplares... Tengo que reconocer que, a falta de otro tipo de soluciones, esta última idea me resulta bastante sugerente. Mi conclusión, al margen de que la polémica me parezca una solemne chorrada, es que el amigo David Boley, el auspiciador del artículo, nos ha metido un gol por toda la escuadra. Y es que el tipo ha conseguido ser noticia en todos los medios, usando una brillante estrategia de marketing; conectando con los que tanto se indignan con las fotos, pero dejando a los que desean retratar los platos acceder a los fogones, donde según él no se molesta a nadie… ¿Me estás diciendo, querido David, que todo ese trasiego de comensales yendo y viniendo a la cocina (a fotografiar cada plato) no incordia a nadie?     * Foto: Víctor Gómez (Machbel).