¿No tienes cuenta?

Regístrate

¿Ya eres usuario?

Entra en tu cuenta

O conéctate con

Susbríbete a nuestra newsletter
Tinta de calamar

Glotones, empresarios y activistas

Activismo gastronómico Reconozcámoslo: cuando pensamos en un activista nos imaginamos a un joven melenudo de estética (por lo menos) cumba. Y cuando pensamos en un gastrónomo nos imaginamos a un cincuentón barrigudo y de mejillas sonsoradas. ¿Sí o no? Pues bien, hace unos días estuve en un foro sobre "activismo gastronómico", organizado por The Foodie Studies en el Medialab de Madrid, y ni habían cumbas ni los barrigudos cincuentones tenían las mejillas sonrosadas. Fui, más que nada, por saber de qué iba el tema pero lo primero que me sorprendió fue la obsoleta definición de gastronomía que recoge el diccionario de la Real Academia de la Lengua: "1. Arte de preparar una buena comida. 2. Afición a comer regaladamente". Nunca había reparado en ello pero, como activista (del castellano) que soy, insto a los académicos a actualizarla un poco. Cultura, arte, tradición... Yanet Acosta, colaboradora de este blog y directora de The Foodie Studies, sugirió que la erradicación del hambre debe estar en la lista de la compra de cualquier activista gastro. Una reflexión (que suscribo y) que , de hecho, choca frontalmente con la segunda acepción de la RAE. También se habló mucho de blogs o de redes sociales y, ahora que Coca-Cola ha decidido homenajear a los bares, de la frontera entre el marketing y el activismo. Hubo quien hasta se atrevió a decir que el solo hecho de subir la foto de un plato a Twitter ya es hacer activismo gastronómico. A mí, la verdad, no me lo parece. Opino que el marketing y el activismo comparten herramientas y estrategias pero creo que sus fines son totalmente opuestos. El objetivo del marketing es vender. El activismo, en cambio, pretende remover conciencias, movilizar personas, cambiar actitudes. El marketing persigue beneficios económicos y el activismo promueve el beneficio social. "Comer es un verdadero acto político". La frase aparece en el libro Cocinar, comer, convivir, de Andoni Luis Aduriz y Daniel Innerarity. Y la reflexión sigue: "Nuestras decisiones alimentarias, conscientes o automáticas, configuran el mundo". El chef y el filósofo afirman también que el mero hecho de cocinar supone un acto revolucionario de recuperación de soberanía. Y no sé si los del foro se habrían leído el libro pero algo parecido se oyó en el Medialab. Con permiso de los miles de agricultores y ganaderos que, anónimamente, producen lo que luego nosotros compramos el supermercado, el mejor ejemplo que yo conozco es el del chef del mar, Ángel León. Una especie de cocinero anfibio que lleva años denunciando lo que, a su pesar, sus propios ojos han visto desde la cubierta de muchos barcos de pesca: toneladas y toneladas de pescado, perfectamente comestible, ¡tiradas por la borda! chefdelmar_skype Ángel León participó en el foro vía Skype y contó que no entiende cómo, en pleno siglo XXI, se siguen tirando peces al mar. Su activismo, dijo, consiste en cocinar y comer pescado de descarte, para luego contarlo. Hace unos años, en cambio, al flamante Premio Nacional de Gastronomía le dio por enseñar esas barbaridades por la tele. "Me llegaron cartas de la Junta y de varios ministerios", confesó. Y es que el activismo, si hace bien, incomoda. Lo curioso es que, pese a todo, publicistas y activistas comparten algo: ¡el gusto por la comida! Pero no solo ellos, claro. Si lo pensamos bien, a todos nos gusta comer, todos creemos en algo (estemos dispuestos a luchar por ello o no), y todos necesitamos dinero para vivir. Tras el debate sobre el activismo gastronómico, de hecho, recibimos una clase English for the kitchen por cortesía de The Foodie Studies (marketing en estado puro), para luego degustar un delicioso pulled pork. Todos somos un poco glotones, un poco empresarios y un poco activistas. ¡Aceptémoslo! No hay nada de malo en ello.     * Imagen: Getty.

Cargando