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Tinta de calamar

ERE(se) una vez un restaurante…

Bar cerrado Pues no, yo no he visto MasterChef. Me metió la puntita hasta que a los 30 minutos del primer programa la pantalla se llenó de militares y decidí que aprovechaba mejor mi tiempo yéndome a la cama, pero me considero totalmente virgen en este formato televisivo. Ni he seguido el programa, ni he leído entrevistas , ni he visto resúmenes, ni lo he seguido por Twitter. Por lo visto ha ganado un chico moreno. No sé más. Lo bueno de estar fuera del fenómeno es que me ha permitido valorarlo desde otra perspectiva. Ni mejor ni peor, sólo diferente. Y una de las cosas que más me ha llamado la atención es la creencia general de que el sueño de cualquier buen cocinero amateur sea de trabajar en un restaurante. Normalmente, uno propio. Entiendo que llevar toda la vida recibiendo los elogios de amigos y familiares haga cosquillitas en la vanidad pero, de ahí a pensar que con ese argumento puedes abrir o dirigir tu propio restaurante, hay un par de años luz de distancia. Uno de los grandes problemas de la hostelería española es la carente formación de sus empresarios y la impresión generalizada de que un bar o restaurante puede gestionarlo cualquiera. Ni se sabe la cantidad de establecimientos que se están abriendo fruto de los finiquitos por despidos y eres. Ese es el concepto: te despiden de la fábrica donde llevas currando toda la vida, te asocias con otro compañero del curro, inviertes el pequeño capital que te ha dado la empresa como indemnización y te montas una fórmula de autoempleo. ¡Total, para servir cañas no hace falta ser un talento! Pocos son los que hacen un buen trabajo calculando escandallos, observando a la competencia, ofertado una carta con demanda real, comunicando de forma eficaz y, sobre todo, buscando la rentabilidad empresarial del negocio. Es asombrosa la cantidad de nuevos negocios de hostelería que se están abriendo en mi ciudad, a la par que se suceden cierres de locales emblemáticos. Me llama poderosamente la atención que haya gente tan aguerrida (sinónimo de descerebrada, en este caso) como para meterse en un sector que no conoce, e invierta todo su capital en ello. Pero sobre todo me asusta que esa gente, desde su inocente ignorancia, crea va a tener éxito en su proyecto. Tanto si la apertura de un establecimiento es fruto de buscar un futuro mejor tras un despido, invirtiendo el dinero de la indemnización, como si lo es porque se busca transformar una habilidad en profesión, lo importante es suministrarse una sólida formación y elaborar un buen plan de negocio. No necesitamos más bares y restaurantes mediocres y mal gestionados para que luego Alberto Chicote tenga que ir al rescate. Observando el éxito de MasterChef, lo sensato sería que apareciesen sociedades gastronómicas por todo el país (a modo de parques temáticos con simulaciones reales de cómo ser un buen chef), para intentar absorber toda la tropa de cocineros con ínfulas que se nos viene encima. Una comida para 50 comensales y ya verás que pronto se les va a muchos la tontería de querer tener su propio restaurante. Y si no, existen aplicaciones superdivertidas (¡ejem!), donde jugar a ser jefe de cocina sin incordiar a nadie.  Sé que no me van a hacer caso, pero tenía que decirlo.   * Imagen: Getty.

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