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Menos lobbies, Caperucita

Menos lobbies, caperucita Siguiendo con las reflexiones que me ha proporcionado no ver MasterChef, esta vez quiero centrarme en el volumen que ha adquirido la palabra gastronomía a nivel social, y en qué repercusiones puede llegar a tener este fenómeno. Por lo que me han contado, el programa no mostraba mucho de los procesos culinarios pero supongo que lo poco que se ha visto habrá sido suficiente para crear un impacto más que respetable a nivel doméstico. En más de una casa las secuelas serán servir macarrones con chorizo con un aro de emplatar, espolvorear todo con cebollino picado y hacer frenazos en los platos con reducción de balsámico. Otros, más curiosos, habrán descubierto nuevos productos, recetas y técnicas para poner en práctica en sus cocinas. Estoy segura de que pocos habrán sucumbido al efecto imitador que suponer ver tantas horas televisadas de cocina. La revolución también se puede observar también en el mundo empresarial y ahora es cuando muchos van a ver como sus negocios tienen una subida al alza. Escuelas de cocina, tanto profesionales como amateur, editoriales de libros y revistas, tiendas de menaje y gadgets culinarios, o academias de fotografía y de redacción gastronómica, entre otros muchos, van a echar toda la carne en el asador en los próximos meses, aprovechando el tirón de los formatos televisivos en clave culinaria. Pero hay un colectivo que debería sacar partido de esta situación y es el gremio de los cocineros, representado por todos los profesionales que aparecieron en MasterChef. Y no hablo de conseguir un beneficio monetario directo facturando en sus restaurantes, sino de la posibilidad de poner en valor su trabajo y de hacer de la gastronomía española un motivo de orgullo social. Pocas veces hemos visto en horarios de máxima audiencia a los chefs más prestigiosos del país. Posiblemente, muchos de los que vieron el programa descubrieron un nutrido, sólido y anónimo grupo de cocineros que va mucho más allá de los ya archifamosos Karlos Arguiñano y Alberto Chicote. ¿Por qué no aprovechar este nuevo panorama? Y esta pregunta me lleva a otra que me parece más interesante: ¿existe en la gastronomía española algún lobby real de cocineros que pueda coordinar y desarrollar estrategias que permitan ennoblecer la restauración? Es un hecho que hay diferentes corrientes de filiación dentro del panorama culinario. Quedó demostrado cuando Santi Santamaría generó su controversia con la cocina molecular de Ferran Adrià y casi todos los cocineros tomaron partido  en el enfrentamiento. También sabemos que hay determinados grupos de interés, formados por una amalgama de cargos institucionales, empresariales o periodísticos, que se posicionan abiertamente sobre rankings y diferentes sistemas de catalogación astral de restaurantes, además de tener la capacidad de influir sobre futuras tendencias culinarias y de destacar los nombres de algunos chefs. Pero ¿y los cocineros? Aunque existen importantes colectivos como Eurotoques, que sindica a una gran cantidad de profesionales de la gastronomía, sus objetivos están enfocados en otra dirección, y su modo de funcionamiento, con asambleas multitudinarias, no tiene la eficacia y la rapidez suficiente para abanderar y ponerse delante del fenómeno social de los programas culinarios. En un país donde se da la dicotomía de ser líderes de la gastronomía a nivel mundial y, a la vez, que una gran parte de la sociedad tiene prejuicios sobre la alta cocina, es vital que se explique correctamente en qué consiste su trabajo. Es el momento de tirar por tierra clichés como que en ese tipo de restaurantes te sirven poca comida en un plato muy grande, que pagas mucho para comer poco, o que los cocineros se forran a costa hacer trucos de ilusionismo culinario para cuatro elitistas con dinero.   * Imagen: Getty.

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