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Las labores de Eduardo Mendoza

En su discurso ante el rey, Eduardo Mendoza ha querido recordar a la ya ausente Carmen Balcells y agradecer a Pere Gimferrer, quien le dio su primera oportunidad. Ha repasado las cuatro lecturas completas del Quijote realizadas a lo largo de su vida y ha contado su pasión por la escritura

Eduardo Mendoza durante su discurso / ATLAS

Mendoza asegura que, la primera vez, leyó por obligación el Quijote en una época en la que el "lema vigente era que inventen ellos", en un tiempo "que Juan Marsé llamó de incienso y plomo", cuando se iba a la escuela para "estudiar y obedecer".

Fascinado por el lenguaje cervantino más tarde, la segunda lectura de la obra que hizo Mendoza fue "un bálsamo y una bendición". Atraído por la "tenacidad y el arrojo", entonces consideraba al caballero andante "un paradigma del idealismo desencaminado”.

Era ya un “buen padre de familia” cuando leyó la obra de Cervantes por tercera vez. Entonces descubrió y admiró su humor “que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo” y que “reclama la complicidad entre el autor y lector”. Cree Mendoza que esa es la esencia de la novela moderna, “una forma de escritura en la cual el lector no disfruta tanto de la intriga propia del relato como de la compañía de la persona que lo ha escrito”.

Al saberse ganador del Cervantes, Mendoza volvió al Quijote y en ese caso, “me encontré acompañando al caballero en su camino de vuelta a un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca hemos olvidado, aunque a menudo lo hayamos intentado”.

Cuatro lecturas completas e incursiones más breves en sus páginas le llevan concluir que “don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza”.

FOTOGALERÍA | Las imágenes de la entrega del premio / SUSANA VERA (REUTERS)

Lo dice Eduardo Mendoza en lo que define como tiempos confusos e inciertos. “No me refiero a la política y la economía. Ahí los tiempos siempre son inciertos, porque somos una especia atolondrada y agresiva y quizá mala. La incertidumbre y la confusión a las que yo me refiero son de otro tipo. Un cambio radical que afecta al conocimiento a la cultura, a las relaciones humanas, en definitiva, a nuestra manera de estar en el mundo. Pero al decir esto no pretendo ser alarmista. Este cambio está ahí, pero no tiene que ser nocivo, ni brusco, ni traumático”, concluye.

Las labores de Mendoza

Mendoza, “de profesión, sus labores”, reconoce que desde pequeño quiso ser escritor, pero “los resultados no se correspondían ni con el entusiasmo ni con el empeño. Las vocaciones tempranas son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz. Yo estaba empeñado en escribir, pero no sabía ni cómo ni sobre qué”.

Ahora ya es un consagrado cuya imaginación literaria durante la infancia “se nutría de “El Coyote” y “Hazañas Bélicas” y las sesiones dobles del cine de barrio”. Más adelante, “cuando llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote”, cuando “era ignorante, inexperto y pretencioso”, aunque con el entusiasmo aún vivo, sus modelos literarios tenían “mayor graduación alcohólica”. Entonces “aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos”.

Al recoger el premio, el más importante de las letras españolas, se enfrenta a un riesgo “inverso al que corrió don Quijote: creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad”. El riesgo conlleva la posibilidad de ser vanidoso. “para los que tratamos de crear algo, el enemigo es la vanidad. La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo. Es un peligro que no debería existir: mal puede ser vanidoso el que a solas va escribiendo una palabra tras otra, con mimo con afán y con la esperanza de que al final algo parezca tener sentido.”

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