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Las milicias paramilitares que oscurecen el futuro de Irak

Con sus más de 100.000 miembros según varias estimaciones, las Fuerzas de Movilización Popular es el paraguas bajo el que operan varias milicias. Estas han sido claves a la hora de combatir al Estado Islámico

Miembros de las policía federal iraqui hacen guardia junto a una fábrica en Mosul / ()

La base de la unidad de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) del barrio de Hai Sumar tiene apenas una sala, una cocina y una habitación. Es en la única planta del edificio donde el comandante Ghazi recibe la visita de otros dirigentes de la ciudad de Mosul, ya sean religiosos o políticos. Vienen para hablar sobre la evolución de unos territorios que hace pocos meses estaban en manos del Estado Islámico.

“Nuestra prioridad es la seguridad en el barrio” dice sentado detrás de la única mesa que hay en el cuartel. Le acompañan varios jóvenes vestidos con atuendos militares, algunos de ellos armados con fusiles kalashnikov. Para ello, explica, se coordinan con las demás fuerzas de seguridad que patrullan la ciudad. Son la Policía Federal y unidades del ejército iraquí. A diferencia de las milicias paramilitares de las FMP, estos dos cuerpos están supeditados a la autoridad del gobierno iraquí.

Con sus más de 100.000 miembros según varias estimaciones, las Fuerzas de Movilización Popular es el paraguas bajo el que operan varias milicias. Estas han sido claves a la hora de combatir al Estado Islámico, y emergió con fuerza tras la ofensiva del grupo fundamentalista en 2014. En una ofensiva relámpago, ISIS se apoderó de casi una tercera parte del país tras la desbandada de las fuerzas de seguridad estatales en ciudades como Mosul. Pero ahora, estas milicias no-estatales están en el centro del debate político que definirá el futuro de Irak.

En las calles de la Mosul liberada se multiplican los hombres armados apostados en numerosos puestos de control. Algunos de estos son mixtos, es decir, gestionados por diferentes grupos. Pero otros están controlados tan solo por las FMP. Aunque Ghazi asegura que los integrantes de su unidad son todos de Mosul, las banderas que ondean en estos puestos de control desvelan otra realidad.

En una de las arterias que atraviesa la mitad oriental de la ciudad, dividida por el río Tigris, los coches deben superar varios controles. Encima de la caseta improvisada para protegerse del sol, los combatientes han izado una bandera con la imagen de Ali. Primo del profeta Mohammad, es uno de los imames más venerados por los chiítas, mayoritarios en Irak pero no en Mosul. Tras años de conflicto en el país que solo en parte se explica por las fallas sectarias, muchos locales aseguran que preferirían no ver estas banderas en los espacios públicos.

Unas milicias de mayoría chií

Si la unidad de Ghazi está integrada únicamente por jóvenes locales, las milicias del FMP están formadas en su amplia mayoría por voluntarios originarios de los territorios chiíes. Según el jefe de inteligencia del primer ministro, el 75% de los jóvenes entre 18 y 30 años de las provincias de mayoría chií se han alistado para combatir en las numerosas milicias. La tasa de inscripción en las milicias paramilitares era diez veces superior a la del ejército en 2014 y 2015, muestra de la amplia popularidad de las FMP.

Aunque ilegales, los grupos armados ya existían en Irak antes de 2014. Muchos de ellos se formaron después de 2003, cuando los Estados Unidos lideraron la invasión de Irak y desmembraron las fuerzas de seguridad estatales al considerarlas parte del régimen de Saddam Hussein. Fue durante el subsiguiente caos cuando los atomizados grupos políticos y de poder, ya sea en ciudades o provincias, se armaron para ganar legitimidad en un país falto de estructuras y legalidad.

Los posteriores intentos para refundar las fuerzas armadas han estado rodeados de corrupción, burocracia, ineficacia y divisiones políticas. “Una de las razones de la capitulación del Ejército y la Policía en Mosul fue que la cadena de mando no funcionó, y que la estructura para transmitir las informaciones y órdenes era muy compleja” explica Waleed Safi, un periodista iraquí, “pero también entraba en juego las rencillas internas, las malas relaciones entre comandantes, las consecuencias de la corrupción”.

De hecho, cuando el Estado Islámico lanzó su ofensiva sobre la segunda ciudad del país, el ejército no podía usar gran parte del armamento pesado que poseía: la munición no encajaba dentro de las diferentes armas. Según Waleed, una medida que había tomado el primer ministro para dificultar un golpe de estado o evitar su uso si caía en otras manos. “El Estado Islámico tardó hasta siete meses en saber cómo utilizar el material que había conseguido”, aseguro este periodista de Bagdad.

Una lucha de poder

La creación del paraguas que acogería a las diferentes milicias “nació de una necesidad”, aseguraba el año pasado el antiguo ministro de inteligencia. Las fuerzas estatales habían perdido su credibilidad y el poder político de Bagdad, principalmente chií en un país cuyas dos terceras partes de la población son de esta confesión, temían que ISIS materializara sus amenazas de invadir las ciudades sagradas de Nayaf y Kerbala, así como la capital.

Sus filas sufrieron un impulso y legitimidad religiosa tras la fatua, o pronunciamiento legal, del respetado imán al-Sistani. La intervención de las FMP ha sido vital para frenar y contrarrestar a ISIS. Sus divisiones han sufrido numerosas bajas y han ganado mucha popularidad en Irak, donde las canciones en honor a las milicias suenan constantemente en la radio, cafés o autobuses públicos.

Pero sus éxitos en combate han dado paso a un conflicto político en el que las Fuerzas de Movilización Popular son parte de él. Una disputa por el poder que involucra a las tres principales figuras del chiismo político: el actual primer ministro Haidar al-Abadi, su predecosr Nouri al-Maliki y el poderoso clérigo Mouqtada al-Sader. Y también a las potencias extranjeras que tienen un rol en el país.

Nouri al-Maliki busca recapturar el puesto de primer ministro en las elecciones del año que viene. Para ello, el autodenominado “padrino” de las FMP presenta en términos derogatorios al actual gobernador al-Abadi, al que acusa de ser demasiado débil para gestionar Irak.

Una de las estrategias usadas por al-Abadi para contrarrestar a Maliki y el creciente poder de las milicias, que según socavan la autoridad del estado y su intento por reafirmarse, es a través de la estrategia militar. Si antes las milicias del FMP lideraban la lucha contra ISIS, este rol está mayormente en manos las diferentes divisiones del ejército y la policía. En Mosul, son las unidades de élite quienes están cosechando los mayores éxitos. Al-Abadi busca así reafirmar el rol del gobierno ante la población iraquí.

Aunque Maliki maneja en la sombra a las milicias, en su primera legislatura estaba en contra de ellas. Fue durante los últimos años de su segundo mandato, iniciado en 2010, cuando el antiguo primer ministro empezó a cambiar sus posiciones para acercarse al vecino iraní. En la actualidad, Teherán apoya su candidatura y financia numerosas milicias del FMP, a la vez que presiona para mantener la autonomía de estos grupos paramilitares que sirve de contrapoder. Con ello, quiere dificultar que en el futuro emerja un gobierno que pueda actuar en contra de los intereses de Irán.

“Sin duda el asunto de las milicias moldeará el futuro del país”, aseguran Renad Mansour y Faleh Jabar, autores de un extenso análisis del Frente de Mobilización Popular. “Todo dependerá de la situación post-Mosul”, dicen en referencia a la cercana derrota de ISIS en la segunda ciudad iraquí.

“Las FMP están en el centro de una mayor batalla política dentro del dividido campo chií”, y mientras Maliki y las milicias pro-iraníes buscan mantener su autonomía, al-Abadi y Sader, en una alianza de compromiso para frenar a sus adversarios políticos, defienden su desaparición o integración parcial en las fuerzas armadas.

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