Tristeza selectiva
Firma de opinión de la periodista cordobesa, Irene Contreras

Tristeza selectiva. Irene Contreras
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Córdoba
A las puertas del 8 de marzo se me ocurren mil motivos para estar enfadada y al menos uno para estar contenta: con esto de las nuevas masculinidades, por fin los hombres pueden permitirse llorar. Incluso en un auditorio abarrotado, entre aplausos y ovaciones, durante cinco minutos y acaparando titulares. Al final han sido ellos los que han salido ganando con el feminismo: nosotras seguimos con el rollo de los techos de cristal y pataleando para que no nos metan otra vez en las cocinas, pero al menos llorar ya no es de niñas. Ha cambiado tanto la cosa que es incluso de presidentes.
Llorar en público está muy bien, sobre todo cuando lloras con razón. No me habría gustado a mi estar en el pellejo ni de Juanma Moreno ni de ninguno de los responsables públicos que han tenido que ver el horror, tomar decisiones en el horror, gestionar el caos en el horror. Llorar es lo mínimo que un ser humano sintiente podría hacer en esas circunstancias, pero no es de extrañar que algunas hayamos puesto los ojos en blanco ante un caso tan flagrante de tristeza selectiva. En el Día de Andalucía, el teatro se emocionó con el recuerdo del desastre y de la respuesta desinteresada de un pueblo, pero no hubo lágrimas por las afectadas de los fallos de los cribados, ni promesas de llegar "hasta donde haya que llegar" para saber cuántos tumores siguieron creciendo al calor de un silencio administrativo. Y eso también es para llorar, sobre todo si sois tú y tu equipo los encargados de cuidar de un sistema de garantías que nos daba tanta tranquilidad como el de los programas de prevención.
Quizá las lagrimas empujan un poquito la balanza preelectoral cuando los sondeos te dan un susto, pero desde luego no revierten la situación de la sanidad pública ni son consuelo para una generación incapaz de pensar en un proyecto de vida. Por suerte para su presidente, Andalucía es tan, pero tan empática que es capaz de serlo cuando llora mientras desmantela los servicios públicos a los que luego sube al escenario para que les aplaudan.




