Opinión

Escanciar

Asturias

Para Antonio Pérez de la Monja

Antonio traducía latín en COU como para aprobar el primer curso de primero de Filología. Pero tenía la pendiente de Tercero. Y le dejaron tirado en el final del BUP. Luego aprendió, quizá ya sabía porque la familia lo llevaba en la sangre, a escanciar la sidra como ninguno de nosotros. Todos éramos unos ñoños que poníamos la botella a la altura del corazón. Y ni así salía un culete como es debido, que diría Gonzalo Fonseca, mientras arrojaba el contenido el vaso en el cubilete de debajo de la barra, encabronado con el escanciador.

Con el tiempo, no es que hayan cambiado mucho las cosas pero no la profesión siempre altamente tecnológica de escanciar la sidra en Asturias. No voy a entrar en el gaseado, ni en la estampa etnológica, de alto valor añadido. En otros lados, supongo que vale el tapón de plástico, incluido ya en la botella de sidra vasca, agregado en los chigres de otras partes de Asturias. ¿Para qué hablar de los surtidores como si el destilado de la manzana fuera un hidrocarburo de manantial-soplante?

Convertir los chigres en gasolineras condena a los artistas que decía mi padre del “alegre triscar de la sidra contra el vaso”, en un pregón de la fiesta nacional del Festival de la Sidra de Nava, en esclavos de una disciplina se escapa, se nos va, como todo en esa vida. Porque ya no queremos pagar por nada. Ni por enfilanos como es debido. Eso sí, sabiendo mexalo. Que luego lleguen los de fuera y ¡menudes castañes!

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