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Servicio militar, o todos o ninguno

La firma de Manuel Ortiz, catedrático en Historia Contemporánea

Manuel Ortiz

Firma de opinión | Servicio militar, o todos o ninguno

04:00

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Una de las consecuencias de la invasión de Ucrania es la nueva lectura que se hace del ejército. Apenas se han cumplido dos décadas desde que el gobierno español decretara el final del servicio militar obligatorio y ya no se habla de la temida mili. Corría el mes de marzo de 2001 cuando se incorporaron los últimos militares de reemplazo. Se cerraba así el periodo de servicio militar obligatorio. De hecho, en diciembre de ese mismo año se acabó el reclutamiento forzado con la entrega de la “blanca” a esos soldados que habrían cumplido un alistamiento de nueve meses.

El 31 de diciembre pasaron a la reserva los soldados que estaban en los cuarteles y casi un millón de jóvenes que se encontraban pendientes de clasificación o disfrutaban de prórroga, la mayoría de ellos por estudios. Se cumplía así una reivindicación férreamente sostenida por el movimiento de objeción de conciencia que conectaba con una larga tradición contra la conscripción que se remontaba al siglo XIX y que alcanzó sus momentos estelares con la guerra de Cuba primero y el conflicto con Marruecos más tarde. Desde entonces todos los miembros de las Fuerzas Armadas son profesionales. La quinta del 2001 sería la última en sortear. Eran 90.625 integrantes, aunque la mayoría eludió sus obligaciones militares. Aquel decreto desarrollaba la Ley del Régimen del Personal de las Fuerzas Armadas de 1999 que fijaba la finalización del servicio militar para 2002. El adelantamiento en un año del final de la mili formaba parte de las medidas electorales que José María Aznar blandió durante aquella campaña electoral.

Durante la Restauración, 1912, se aprobó una ley de reclutamiento que introducía el sistema de soldados de cuota en plena campaña del ejército en Marruecos. Se trataba de equipararnos con las potencias mundiales, ninguna de las cuales contaba ya con un sistema que permitiera eludir la milicia. En un intento de atraer a las masas, además de suprimir el odiado impuesto de Consumos que gravaba los productos de primera necesidad, Canalejas instauró el servicio militar obligatorio, con lo que se acabó la posibilidad de librarse de ir a filas a cambio de un pago económico, la llamada redención en metálico. El objetivo era persuadir a las clases populares de que el Estado estaba haciendo reformas para que todos los españoles, independientemente de su posición social, tuvieran que pasar por el Ejército. Se respondía así a una de las demandas más acuciantes de los movimientos de protesta populares y caballo de batalla de republicanos y socialistas sintetizada en el lema “o todos o ninguno”. La propia expresión “contribución en sangre” era la que los sectores contrarios a la quinta utilizaban para denunciar que los ricos pagaban en dinero y los pobres con sus vidas.

La Guerra de Cuba ya había mostrado las tensiones que el reclutamiento venía provocando durante el siglo XIX, e hizo que los políticos reflexionaran sobre la necesidad de implantar un sistema de conscripción más justo. Pero la redención en metálico reportaba al Estado unos suculentos ingresos por lo que se quería evitar una sustantiva pérdida de activos. La ley pretendía que el servicio fuera personal e intransferible, aunque contempló la opción de que los mozos redujeran el servicio por el pago de una cuota. También podían elegir destino, acortar el tiempo de servicio y rebajarse de algunos servicios. Muchísimos mozos resultaban excluidos -casi el 30%- por no alcanzar el peso y la medida -1,50 metros y 48 kilogramos-, amén de los presidiarios, criminales, enfermos graves, deformes o enclenques. Por otro lado, estaban los exceptuados: hijos únicos que mantuvieran a sus padres o madres viudas, sexagenarios o impedidos. A todos ellos debemos añadir una lista de profesiones consideradas vitales.

El Gobierno y la prensa más oficialista redoblaron esfuerzos a favor de la colonización en Marruecos desde una óptica patriótica y la conscripción repercutió social, política y culturalmente al apuntalar la masculinidad normativa. Eran otros tiempos…

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