Opinión

Unos días sin balumbo

La firma de opinión de Jaime Quevedo Soubriet, Director de El Periódico del Común de La Mancha

Ciudad Real

¿Suena raro, verdad? Podría ser el título de una nueva película de Almodóvar o, casi mejor, de una canción de una de las más rutilantes estrellas del reguetón. Pero no, es un término que he conocido por casualidad y que intuitivamente me sirve para aplicarlo al confuso estado de cosas en que se mueve la actualidad política en nuestro país. Lo encontré indagando en la biografía de Agustín Sandoval Mulleras, maestro, historiador y cronista oficial de Villarrobledo, provincia de Albacete, quien lo dejaba caer con humildad ―“¿a quién le va a importar este balumbo?”― para presentar al lector uno de sus libros.

Sandoval, que llegó a vivir 90 años, falleció en un accidente de automóvil hace ya tres décadas. Su pueblo le rinde reconocimiento con una calle dedicada y un busto erigido en la Plaza de Santiago Ramón y Cajal, también conocida como Plaza Vieja de Villarrobledo.

Pero volvamos al término balumbo y a su significado. “Cosa que abulta mucho y es más embarazosa por su volumen que por su peso”, nos ilustra el Diccionario de la Real Academia Española. Más aún, la palabra proviene de otra muy parecida, ‘balumba’, con dos acepciones, a cuál más expresiva, si pensamos, tal y como les propongo en esta columna, en la situación creada por la errática Ley de Amnistía. La primera se refiere a balumba como “bulto que hacen muchas cosas juntas”, mientras que la segunda explicita que hablamos de un “conjunto desordenado y excesivo de cosas”. No quiero acabar aquí con este singular juego de palabras y para ello, como deseo ser optimista, recurro al Centro Virtual Cervantes. Encuentro aquí un refrán que nos anima cuando las circunstancias son adversas: “Después de la tempestad, viene la calma”.

Al menos, ahora que celebramos la Semana Santa, vivamos unos días alejados del insoportable balumbo nacional y no permitamos que se altere la estructura clásica del refrán, como sucede en ocasiones en que cambia por esta otra: “Llega la tempestad, pero no la calma”.

 
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