Lunes, 27 de Septiembre de 2021

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Una movida tarde de toros de Vitoria en 1885

En nuestra sección de fotos antiguas recordamos la tarde en la que un toro saltó a las gradas de la Plaza de Toros de Vitoria

Una movida tarde de toros de Vitoria en 1885

El domingo día 2 de agosto de 1885, dentro del programa de fiestas de Vitoria, se celebró una corrida de toros con la intervención de dos espadas, las figuras del momento Lagartijo y Frascuelo. Lo noticiable no fueron los apéndices que obtuvieron los toreros en el festejo, sino lo accidentado de la lidia del segundo toro, que tuvo que ser rematado no precisamente con el estoque.

Echamos mano de la crónica que dos días mas tarde publica el periodista con el seudónimo Novicio en un diario local. De ella extraemos lo mas interesante a resaltar: “Salió el segundo toro llamado Arbolario, colorado, ojo perdiz, con mucha parsimonia y haciéndose cargo de las circunstancias, hasta que reparando en los de infantería ( se refiere a los toreros) se dirige hacía ellos, que burlan sus piadosas intenciones guareciéndose en la barrera y llegado el bicho cerca váse retirando atrás para que la fuerza sea mayor y el ímpetu mas, y disparado como una flecha, da un salto inconcebible penetrando en los tendidos de sombra, por el número 3.”

Esta invasión de las gradas por parte del morlaco, produjo un autentico alboroto y la gente optó por el sálvese quien pueda: “Nuestros lectores pueden figurarse la confusión y el pánico que se apoderaría de todos los espectadores y sobre todo de aquellos que recibieron tan molesta e inesperada visita. Unos, los mas próximos a las talangueras se arrojan de cabeza al callejón, otros tratan de ganar los balconcillos de las gradas, aquellos, huyen despavoridos sin saber adonde y como si tuvieran alas en los pies. Algunos, no repuestos del primer susto, se quedan en sus puestos y otros, muy pocos, se tienden a lo largo entre asientos.”

Varios espectadores que no lograron alejarse del bicho sufrieron las primeras caricias. La rápida intervención de un alavés que se encontraba de servicio en la plaza, y que practicó la tauromaquia evita males mayores: Mientras tanto el toro, que ya había salido de su asombro, empezó a voltear a los que a su paso encontraba, contándose entre estos tres varones y cuatro mujeres que recibieron heridas mas o menos graves y si la catástrofe no fue tan atroz como se temían todos, se debió en primer término, por no de ir completamente, al arrojo mejor dicho a la temeridad y sangre fría del diestro vitoriano Santos Ruiz de Troconiz, que subiendo de la plaza a los tendidos se agarra a la cola de Arbolario y contiene los ímpetus de este, el tiempo suficiente para que la mayor parte de los espectadores se pusieran a salvo, por cuya heroica acción (que ha salvado a Vitoria de una horrenda catástrofe), es digno no solamente del aplauso de sus paisanos y gente forastera que en la plaza se hallaba, sino también de que las autoridades se interesen por el qué, despreciando su vida, procuraba y consiguió salvar la de los demás, y que interesen a su vez al gobierno de la Nación para que este le conceda la debida recompensa.”

El toro continuó con su recorrido por las gradas y los espectadores hicieron lo que pudieron para esquivarlo, tomando el bicho un recorrido inesperado: “Pero no concluyó aquí la algarabía sino que, tomando el toro carrera por los tendidos, tras un niño de 7 a 8 años, que se salvó milagrosamente de las astas quedándose sentado junto a la plataforma de la música, salta el feroz animal dentro de la puerta del servicio de caballos y en vez de meterse en las cuadras donde estos se hallaban y donde hubiera sido fácil darlo caza, sale por la puerta a la calle, que en aquella confusión y no sabemos si por imprevisión (que pudo costar muy cara) o de intento, (como no falta, quien lo dice,) aunque nos resistimos á creerlo, se hallaba abierta. Afortunadamente el toro se dirigió hacia las paredes exteriores de los corrales donde, otra persona, un guardia civil cuyo nombre sentimos no conocer, pero que procuraremos averiguar, dignísimo también de la gratitud de los vitorianos y de ser atendido de las autoridades, mató al toro de un tiro de fusil, evitando una segunda catástrofe fuera de la plaza, donde tantas mujeres y niños suele haber.”

Uno de los matadores trato de intervenir en los primeros momentos de la invasión de los tendidos por parte de Arbolario, pero le fue imposible: “El espada Salvador Sánchez (Frascuelo) al ver saltar al toro cogió el estoque y quiso subir al tendido a matarlo pero le fué imposible conseguirlo, porque el despavorido público del tendido que saltaba a la Plaza se lo impidió derribándolo al suelo y quedando envuelto entre el gentío sin poder salir de entre él.”

Novicio, el cronista, da cuenta de las consecuencia del percance y les peripecias sufridas por algunos espectadores: “Nos hemos enterado del estado de los heridos víctimas de la corrida y según parece tres están graves, cuatro menos graves unos doce leves, y en cuanto a contusos y asustados más de doscientos. La señora madre del cantinero del batallón de las Navas cogida dos veces por el toro, que recibió graves heridas contusas en la corrida, se encontraba ayer mañana gracias a los prontos auxilios facultativos bastante aliviada, dada la importancia de sus lesiones. En la confusión producida por el toro que subió al tendido, se le perdió á nuestro apreciable amigo don Martin Leonard una cartera con valores de alguna importancia. Afortunadamente la había encontrado el Alguacil de nuestro Ayuntamiento Joaquín Salamero, quien averiguando la procedencia, la entregó a su dueño, negándose a recibir gratificación alguna.

Un amigo nuestro, persona respetable y muy formal que se hallaba sentada muy próxima a una de las salidas del tendido por donde el toro saltó, la cual al ver tan cerca la fiera, se levanta del asiento y trata de ganar Ias gradas pero sea por la poca agilidad que ya a cierta edad conserva el hombre o ya porque en aquellos momentos se lo impidiera la emoción, no puede conseguir su intento y el toro avanza hacía el lugar donde se halla; entonces repara en la salida del tendido y su primer impulso es precipitarse por ella, pero piensa que no debe soltar las manos y se queda asido de la barandilla y con el cuerpo colgando por el hueco de la puerta cuya altura cree mayor. En esta posición estuvo un buen rato hasta que no pudiendo resistir por más tiempo, porque se lastimaba las manos y a pesar del temor de darse un tremendo porrazo, suelta la barandilla y se encuentra agradablemente sorprendido porque tenía el pavimento a algunos centímetros de sus pies.

Dado por bien empleado el susto y el incidente de las manos, salia tranquilamente por los pasillos con dirección a la calle cuando en estos resuena en su oído la fatídica voz; ¡que viene el toro!. Oírla y meterse entre unos cajones que allí cerca le deparó la fortuna, fue obra de un segundo. Otras personas que junto a él se hallaban asaltan los cajones también; entre ellos un guardia que para subirse deja el fusil recostado contra ellos apuntando al que estaba metido en el escondite. Cuando nuestro amigo supo que el toro era cadáver creyó encontrarse en el paraíso. ¡Tantas y tales fueron sus repetidas emociones!.

Hallábase otro hombre.(que era forastero) en el tendido número 3 de la plaza, en reunión de varios amigos y paisanos cuando fue despejado por Arbolario. El forastero con todos sus compañeros saltó a la plaza y viendo que la puerta del servicio de caballos estaba expedita se lanza a tomarla para salir a la calle a la cual pudo llegar no sin algunos estrujones que le dieron al salir los que pretendían cerrarla cuando este señor trataba de aprovecharse de ella. Por fin pudo conseguir su intento y cuando ya se creía a salvo se encontró con el toro a cinco pasos de distancia y de cuyas acaricias se salvó milagrosamente merced a la intervención del Guardia Jerónimo Arnaez que fusiló a Arbolario, cuando nuestro forastero ya se contemplaba entre los muertos.

Consideren nuestros lectores los apuros del amigo, al que oímos contar el caso y que hacía esta exclamación, ¡Si el toro me revienta cinco veces, no me da peor rato! Y así era la verdad, porque cuando lo vimos el hombre estaba mortal.”

El cronista insiste en la decisiva intervención de Santos Ruiz de Troconiz, que evitó mayores desgracias, añadiendo algún dato más: “Santos estaba de servicio en la plaza. Y no obstante los obstáculos de todas especies que se le oponían por los fugitivos que al foso y redondel se abalanzaban, no duda un instante en salvarlos, y se agarra al toro, por la cola, al cual detiene cuanto puede, quince o veinte segundos, que el aterrorizado público aprovecha para salvarse. ¿Quién puede calcular el aumento de confusión y de desgracias que se evitaron con esos segundos de tiempo, en que se formó un gran vacío alrededor de la fiera?.”

Tras el incidente los espectadores se revolvieron manifestando su desacuerdo por algunos fallos observados y el Alcalde puso orden: “Gracias a la firmeza de carácter y actividad sin límites demostrado por nuestro Alcalde, tal vez se evitaron en el horroroso conflicto de la Plaza de Toros, muchas desgracias, pues parte del público enojado por considerar que la fuerza de la Guardia Civil y las cuadrillas no habían hecho lo que debieran, trataba de demostrar su indignación más que con palabras.

Cuando ya se pasó el pavor, vinieron las recriminaciones del público a la Guardia civil y a la cuadrilla y gracias a la intervención de D. Gabriel Buesa, que materialmente se multiplicaba y acudía allí donde su presencia era precisa, pudo apaciguarse el tumulto en sus comienzos y auxiliarse a los heridos.

La primera autoridad local les hizo comprender la imposibilidad en que se encontraron de hacerlo, por la horrorosa confusión que se produjo, si bien lo habían procurado sin lograrlo por desgracia, hasta que la fiera salió de la Plaza,”

Los espectadores reaccionaron a favor de las dos personas que habían impedido una catástrofe de mayores consecuencias: “La muchedumbre, que es muy impresionable y lo mismo se halla dispuesta a atropellar a los que cree que no han cumplido con su deber, como a ensalzar o idealizar a los que a su juicio lo merecen, arrastró materialmente al benemérito Guardia, qué concluyó con el toro, hasta frente al palco presidencial y llevó en hombros hacia el mismo sitio al intrépido Santos pidiendo un justo galardón, para estos dos filantrópicos héroes de la catástrofe taurina.

Fue tal el entusiasmo de los espectadores ante el generoso y heroico acto de Santos Ruiz de Troconiz, que de todas partes le arrojaron obsequios. Cigarros a centenares, metálico hasta noventa y tantos duros, y otros objetos numerosos lo fueron arrojados a la plaza. En verdad que se encuentran pocas ocasiones en que se pueda demostrar la grandeza de alma y valor, cual la demostró nuestro intrépido paisano en tarde tan aciaga”

Por fin transcurrida una hora, tiempo necesario entre otras cosas para restablecer el orden y reparar los desperfectos, para lo cual se colocaron unas tablas sustituyendo los barrotes y maroma arrancados por los espectadores en su huida, se continuó con la corrida. En ella destacó el banderillero El Ostión, con una excelente actuación: ”Colocó tres pares de banderillas al tercero de la tarde como el sabe hacerlo cuando quiere recoger palmas. Cigarros, sombreros y demás agasajos al banderillero alavés. Entre los regalos que arrojaron a la plaza vimos uno dirigido por un compatriota de Laguardia que consistía en un paquete de habanos con una dedicatoria que decía: “Al distinguido banderillero alavés El Ostión, su mayor admirador.”

El alavés Antonio Pérez Peciña, “El Ostión” (1847-1894), nació en Laguardia, donde comenzó con 14 años trabajando de albañil. Se había iniciado en la lidia en Bilbao a donde se traslado con su padre viudo. Con 19 años probó suerte con un novillo embolado que le cogió y volteo repetidamente, saliendo bastante malparado Sin embargo su poderosa afición le empujo a continuar, llegando a ser un novillero que intervino sobre todo en las plazas vascas como Orduña, Bermeo, Orozko y Vitoria, donde en ocasiones también sufrió algunas cogidas. Actuó de sobresaliente en diversos festejos protagonizados por las estrellas del momento. Los entendidos señalan que destacó principalmente como banderillero.

Como complemento a la información de la corrida el columnista Novicio en días posteriores se refirió de nuevo al guardia que terminó con la vida del morlaco: “Como prometimos a nuestros lectores darles a conocer el nombre del Guardia que libró a los de fuera de la Plaza, de los cuernos de Arbolario fusilándolo en la salida de la misma, debemos decirles que este benemérito individuo se llamaJerónimo Arnaez v pertenece al puesto de Labastida

En dias posteriores el cronista daba cuenta de que en el Gobierno Civil se había hecho entrega al ciudadano Demetrio Asenjo, de un reloj que éste perdió en la Plaza de Toros en la tumultuosa corrida y que fue hallado por la Guardia Civil.

Unas escenas dignas de ser plasmadas en una película de Berlanga. ¿No les parece?.

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