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Viernes, 15 de Noviembre de 2019

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20 años de las pinturas murales de Alarcón

La obra pictórica de Jesús Mateo en la iglesia de San Juan Bautista sigue ganando adeptos

El poeta Luis Antonio de Villena definió el proyecto de las pinturas murales de Alarcón como “verter vino antiguo en odres nuevos”. En este caso el vino antiguo sería la iglesia desacralizada de San Juan Bautista (s. XVI) y el odre nuevo la obra pictórica de Jesús Mateo (Cuenca, 1971). Actualmente son muy pocos los artistas que tienen la posibilidad de pintar murales y menos dentro de una iglesia y en la totalidad de sus paredes.

Miquel Barceló pintó un mural en la catedral de Palma de Mallorca, pero sólo una parte. En edificios no religiosos se han realizado murales como es el caso de la sede de la Sociedad de Naciones en Ginebra o en la ONU en New York, pero no es habitual este tipo de creaciones por lo que podríamos decir que, de algún modo, Jesús Mateo fue un privilegiado.

La idea de pintar los muros de la vieja iglesia abandonada surgió, por casualidad, en el verano de 1994. “Me encontré con un edificio en ruinas”, apunta Mateo, “y lo que hice es proponer una idea, una resolución plástica. En ese sentido dista mucho de los grandes proyectos que suelen estar encargados por altas instituciones o por la propia Iglesia”. A lo largo de ese verano del 94, el artista diseña y modela las ideas que tenía en la cabeza. Pasan los meses y un día entran en su estudio de Cuenca, con el simple propósito de comprar alguna de sus obras, tres personas.

Entre el diverso material que Jesús Mateo acumula en la sala se encuentran las maquetas que ha realizado para el proyecto de Alarcón. Estas personas se interesan por ese trabajo y es entonces cuando surge la chispa que desencadenó la creación de la Asociación Cultural “Pintura Mural de Alarcón”. Ese es el germen del mecenazgo popular que ha contribuido a la financiación de la obra. Solán de Cabras, el Obispado de Cuenca, la Diputación Provincial, Caja Castilla-La Mancha, Iberdrola, la UIMP, la Universidad de Castilla-La Mancha, el Ministerio de Cultura y, desde 1997, la UNESCO, patrocinaron el trabajo de Jesús Mateo.

Al final, con los bocetos y maquetas listos, se subió por primera vez al andamio para pintar en el otoño de 1995, hace ahora 20 años. “Empecé por el luneto de la cara norte con unos andamios que generosamente nos dejó Jesús Cañas, que también colaboró con nosotros. Habíamos invertido 50.000 pesetas en material pictórico y así, con vértigo, me subí al andamio. Lo primero fue pasar literalmente los bocetos, apuntes y cartones al muro. Esto me permitió descubrir que las escalas variaban con respecto al papel y al entorno. Ese fue el momento apasionante de una inmadurez y de una falta de respeto enorme. Me acuerdo perfectamente cuando, desde allá arriba, me daba la vuelta y veía la cantidad de metros, de cientos de metros que quedaban todavía por pintar”.

El proyecto fue muy importante, radical incluso, y pudo generar una crítica enorme pero, a la vez, estuvo dotado de una magia y de una potencia que se ve a primera vista. “Ese decir no, ese sacrificio de ocultar lo ya pintado, de sacrificarte a ti mismo con respecto a otros años es lo que, en un momento dado, ha generado angustia. Al final el resultado es la plasmación o la imagen, la huella de una persona que ha evolucionado durante varios años dentro de un edificio al que le ha hablado mucho y también le ha hablado a él mucho”.

Lo más duro de la creación de una obra de arte es el momento de darla por terminada. Jesús Mateo concluyó las pinturas murales de Alarcón en el otoño de 2002, después de pasar horas y horas pintando, a veces acompañado, la mayoría solo. “Soy más mochuelo que alondra. Trabajé por la tarde y por la noche, hasta altas horas de la madrugada. El ritmo de trabajo era frenético, prácticamente estaba todo el día. Solía empezar a trabajar sobre las tres de la tarde, paraba para comer y para cenar y permanecía en esta mi segunda casa hasta las cuatro o las cinco de la madrugada. Es una experiencia mágica. Momentos inolvidables. Al estar la puerta abierta, en muchas ocasiones te encontrabas aquí con tres o cuatro ingleses que estaban hospedados en el Parador de Alarcón y que, después de cenar, se pasaban un rato a verme pintar o a charlar sobre arte o literatura”.

Le hemos preguntado a Jesús Mateo que si después de 20 años, ha visto realizado su sueño, si era esto lo que quería pintar. “Fue un impulso inocente”, responde, “juvenil si quieres pero sí, estoy conforme, si no estaría todavía pintando encima de los andamios”. Y una cosa más, ¿cómo definiría el artista, el creador, las Pinturas Murales de Alarcón? “Es la eterna pregunta del arte. ¿Qué es el arte? Para responder a la pregunta lo que hay que hacer es venir y no sólo verlo, sino profundizar en este complejo mundo de formas. Yo diría que es otra realidad.

Una herramienta de luz, como cualquier obra de arte, que se le ofrece al receptor, al individuo para que, una vez que la haya disfrutado o que la haya integrado en su interior, viaje de nuevo a la realidad conocida por todos con una mayor vinculación con otras formas de ver las cosas. El arte en general acompaña a las personas desde sus orígenes y esto lo que hace es vincular a la persona con su propio pasado y con su propio futuro.” 

¿Qué se ha dicho?

“Pensé entonces que Jesús Mateo había logrado fundir en una expresión única las enormes paredes que subían del suelo arrastrando con ellas todos los colores sordos de la tierra para ir al encuentro de los colores luminosos del aire”.

José Saramago, escritor portugués, Premio Nóbel de Literatura, 1998.

“Los murales de Mateo habitan lejos de ciudades y en su propio cosmos”.

Ernesto Sábato, escritor.

“Si el ‘mural’ de Jesús Mateo fuera una novela, la heroína, por capricho, descendería a la morada donde se vuelve uno ciego por exceso de luz”.

Fernando Arrabal, poeta, dramaturgo y escritor.

“Son un proyecto de gigantesca ambición, elaborado por un hombre no ambicioso, que se sitúa frente a su obra en una actitud humilde, servicial, de aprendiz, como si estuviera a la escucha, dispuesto a ejecutar el mensaje de la obra, de la cual es sin embargo autor”.

José Antonio Marina, filósofo

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