Sábado, 24 de Julio de 2021

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PÁGINAS DE MI DESVÁN

Camilo José Cela y la Cuenca abstracta, la de la piedra gentil

En el año del centenario del nacimiento de Camilo José Cela recordamos la relación del escritor gallego con Cuenca y reproducimos el artículo "Cuenca abstracta, la de la piedra gentil"

Camilo José Cela en su juventud en una foto de archivo.

Camilo José Cela en su juventud en una foto de archivo. / Cadena SER

En el espacio 'Páginas de mi desván' de esa semana, con José Vicente Ávila, recordamos la relación del escritor gallego Camilo José Cela, premio Nobel de Literatura en 1989, con Cuenca en el año que se cumple el primer centenario de su nacimiento.

En 1944 ya mencionó a la ciudad en el libro “Nuevas andanzas y desventuras del Lazarillo”: "el único hombre que me pareció decente, y no me equivoqué, lo fui a encontrar a media legua de la población que llaman Cuenca –después de haber andado con los franceses cerca de seis o siete meses-, hermosa ciudad, grande como nunca la había visto, con su catedral, su obispo y su gobernador”; pasó de largo en su libro 'Viaje a la Alcarria' por temor "a perderse entre los pinos", pero le dedicó en 1949 un artículo específico que sigue siendo recordado, "Cuenca abstracta, la de la piedra gentil".

En el año 1986 la ciudad de Cuenca le dedicó un mirador en la ronda del Júcar donde una placa recuerda aquel momento con estos versos: "Caminando Cuenca al viajero le brotan de súbito alas en el alma, desconocidos mundos en el mirar".

Espacio 'Páginas de mi desván' en 'Hoy por hoy Cuenca' dedicado a Camilo José Cela.

Cuenca abstracta, la de la piedra gentil

Cuenca abstracta, pura, de color plata, de gentiles piedras, hecha de hallazgos y de olvidos —como el mismo amor—, cubista y medieval, elegante, desgarrada, fiera tiernísima como una loba parida, colgada y abierta; Cuenca, luminosa, alada, airada, serena y enloquecida, infinita, igual, obsesionante, hidalga, vieja Cuenca.

El viajero ha descubierto Cuenca, y al viajero no le cabe el corazón en el pecho. El viajero es hombre a quien Dios, de cuando en cuando, aún reserva el último goce de descubrir cada mañana, y como sin querer, todo un mundo de inefables mediterráneos ya descubiertos.

Una alegría ingenua, alada y casi anciana, como las pompas de habón que hinchare el viento, el airecillo fresco de cien siglos, corre las apuradas venas del viajero, y el viajero, un poco alucinado, vuelve a Cuenca, caminando las pardas manchas, los verdecillos huertos, con la sangre haciéndole tararira en las sienes, la memoria colmada como un jarro que se derrama, el recuerdo enamorado y encalladas las manos, que tan bien palparon, de palpar piedras gentiles.

Corre el galgo del Júcar tras del lebrato Huécar dando una larga torera a todas las vedas, y las piedras más altas de Cuenca, aquellas que más hondo se miran en las hondas aguas, tiemblan, quizás sobrecogidas, al latir del aire, que de fino corta el aire, de azul es ya argentino y de sutil no marca las distancias.

Ni es cierta la plomada. Ni es Newton verdad. Ni es exacto Descartes. Ni la escuadra y el cartabón. La naturaleza marcha delante; a la zaga, el arte. Cuanto más lejos marchemos, más cerca está Cuenca. En la pintura, Picasso –calle de los Tintes; en la escultura, Gargallo o Ángel Ferrant –las infinitas piedras de las hoces--; en la arquitectura, Gaudí –calle de la Moneda--; en la música, un mirlo que se queja en el cementerio de los ajusticiados.

Cuenca es la ciudad que viene, no la ciudad que se va. Con Cuenca no pueden ni los conquenses que se empeñan en tirarla abajo. Cuenca es la nueva geometría, la geometría que Euclides se dejó en el tintero sin fondo de los geómetras, ese tintero de donde van saliendo lenta e incesantemente, como marcha de la estrella de Goethe, todas las formas descubiertas y por descubrir.

Caminando Cuenca, trotando Cuenca, galopando Cuenca, al viajero le brotan, de súbito, alas en el alma, desconocidos mundos en el mirar.

Cuenca es el caserío que todo lo justifica, el baluarte inexpugnable a cualquier acto que no fuese la imprevista traición, el sosiego y la lucha.

Si la gente sonríe, casi con beatitud, ante el muro que se ve nacer para alumbrar el aire, o ante el balcón que cuelga sobre el aire para alumbrar todos los rosales del mundo, es quizás porque Cuenca, la de la piedra gentil, significa ese mundo nuevo y lleno de inverosímiles rosales que la gente que sonríe ya ha intuido, igual que un zahorí el oculto tesoro, la veta del oro, la vena del agua fecunda y mansa como un vientre.

Cuenca es ciudad para digerir, para rumiar despacio como una merienda antigua, abundosa y atroz. O para beber de golpe, como el mal vino de la buena borrachera, esa borrachera en la que nos da por cantar y por jurar amor eterno a cada piedra, a cada insecto, a cada pájaro, a todas las criaturas.

Con Cuenca al lado, como un amigo firmísimo, el viento arrebatado del corazón cobra íntimo sentido de amoroso lamento, de quejido sutil. Y con Cuenca enfrente y abierta como una granada, el cauteloso huracán de la sangre silba, saltarín como un corzo adolescente, ante los ojos pasmados gracias a Dios.

Porque a Cuenca, que es riquísima, porque todo lo tiene, y pobrísima, porque todo lo da, sólo le falta que le pinten de blanco la torre de Mangana, ese pastel en que termina la acrópolis de don Federico.

Que es bien poco, mejor mirado.


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