Sábado, 19 de Septiembre de 2020

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El Inquilino

El Inquilino 93 I Paco Nevado lee a Manuel Vilas

Paco Nevado lee el poema 974310439 “Manuel Vilas" (El hundimiento; Visor Libros, 2015). 

El inquilino, sección de Córdoba Hoy por Hoy a cargo de Juan Bolaños. Sintonía original de Lämpara. Emitido el 31 de enero de 2017.

974310439

Quien me trajo al mundo se ha ido hoy el mundo.

Ella, que me llamaba a todas horas, para saber de mí.

Lo mal que la traté y lo mal que nos tratamos,

aun queriéndonos tanto; y lo poco que supiste de mi vida

en los últimos tiempos, ocultándote lo mal que me iba

en mi matrimonio y en todas partes

y tú sabiéndolo, porque, al fin, todo lo sabías,

me veías beber esos licores fuertes,

me veías esa sed tan rara, esa sed tan desconocida para ti,

que tanto te asustaba y tanto temías.

Ya nadie me llamará, tan obsesivamente, para saber

si estoy vivo y a quién le importará si estoy vivo o muerto;

yo te lo diré: a nadie.

De modo que el gran secreto era éste:

ya estoy completamente desamparado,

arrodillado

para la decapitación,

para el anhelado adiós de este cuerpo,

de esta existencia meramente social y vecinal que lleva mi nombre.

No volveré a ver nunca

tu número de teléfono en la pantalla

de mi teléfono móvil; tú, que te quejabas de que no tenías uno,

de que yo no te regalara uno,

te juro que no hubieras sabido hacerlo funcionar,

lo habrías tirado por la ventana,

como yo haré con el mío esta noche del supremo delirio.

Porque eras un número de teléfono, cincuenta años

en ese número encerrados: nueve siete cuatro, treinta y yno,

cero, cuatro, tres, nueve.

Márcalo ahora,

márcalo si tienes valor y te contestarán

todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada,

la ira roja

de los peores huracanes celestiales,

la árida y blanca nada convertida

en una mano negra.

Daba igual dónde estuviera: podía estar en América o en Oriente,

tú llamabas, tú llamabas a tu hijo siempre

porque yo era Dios para ti, un Dios fuera de la ley,

poderoso y sagrado, lo único real y suficiente,

siempre tu hijo fuera de todo orden, siempre reinando,

porque todo cuanto yo hacía e hice recibió tu larga aprobación,

cuya moralidad no es de este mundo.

Sabedlo.

Tú, que me amabas hasta la desesperación.

Tú, que derramaste sangre por mí y por mi discutible y oscura vida,

llena de liturgias cuyo sentido tú desconocías,

y hacías bien, pues nada había que conocer, como finalmente

he acabado sabiendo,

igualado en ese conocimiento

al más sabio de los hombres.

Y ahora, otra vez camino del Crematorio,

como ya escribí en un poema con ese título,

en el que hablaba de tu marido, mi padre,

a quien también quemamos,

unos mil grados alcanzan esos hornos.

Mi gran padre, del que tú te enamoraste –vete a saber por qué–

en mil novecientos cincuenta y nueve,

y a quién demonios le importa ya sino a mí,

el que siempre os quiso tanto y os querrá hasta el último minuto del mundo.

Te di un beso en la santa frente helada

un domingo

por la mañana

de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce,

lloviendo,

en una primavera inesperadamente fría,

mientras una máquina sofisticada introducía tu caja barata

–mira que somos pobres– en el fuego final,

al que mi hermano y yo

te condujimos.

Sentí tu frente antigua y acabada en mis labios

antiguos y acabados,

pero aun conscientes de los míos;

los tuyos,

venturosamente, no.

Nunca pensé que el sentimiento final fuera este:

la envidia que me diste, la codicia de tu muerte,

codiciando tu muerte,

porque me dejabas aquí,

completamente solo

por primera vez

en nuestra larga historia de amor,

y solo para siempre.

Y recuerdo ahora a todas aquellas mujeres

que querían acostarse conmigo,

hacer el amor conmigo,

y eso acabó siendo mi vida,

cuando yo solo quería

estar contigo para siempre.

Vaya, mamá, no sabía que te quería tanto.

Tú sí que lo sabías, porque siempre lo supiste todo.

Qué bien que todo haya acabado,

en una culpable tarde de primavera

en donde comienza el mundo,

en donde para ti acaba el mundo,

en donde para mí ni acaba ni comienza

sino que persiste involuntariamente.

Qué bien este silencio omnipotente, aquí, en Barbastro,

donde fuimos madre e hijo, por los siglos de los siglos.

Aquí, en Barbastro, este sitio tan nuestro,

tan escuetamente nuestro: todo ocurrió aquí, en estas calles.

Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré.

Te amo, finalmente.

Como no he amado a nadie: todas fueron tu réplica.

Manuel VILAS, El hundimiento

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