
Quedar como Cagancho en Almagro
Aquella tarde del 25 de agosto de 1927 se las prometían muy felices todos los de la comarca, especialmente los de Ciudad Real, que habían abarrotado los trenes que iban a Almagro, después de haber pagado cantidades astronómicas en la reventa para ir a ver al torero Joaquín Rodríguez “Cagancho”. Aunque iba a ser una una tarde infernal de calor, la cosa merecía la pena, porque venía uno de los toreros que gozaban entonces de mayor fama y que había tomado recientemente la alternativa en Madrid y allí triunfaba. Por tanto, poco importaba rascarse el bolsillo, porque entonces los toros, como hoy el fútbol, eran un fenómeno de masas y venía uno de los craks. Aunque por esa razón, por ser un fenómeno y porque tenía fama de informal, hasta última hora había dudas de si se presentaría. Pero en el momento del paseíllo estaba en él.
Ya en el primero del diestro, tercero de la tarde, la cosa empezó a ir mal. El toro colorado que le había tocado en suerte, le había arrebatado la capa al entrar a matar. Mató tras varias estocadas y algunos descabellos. Tal fue el revuelo, que el teniente de la Benemérita empezó a colocar sus piezas temiéndose la que podía venírseles encima. Y llegó el sexto de la tarde, segundo del afamado diestro, un morlaco fenomenal que empezó a infundir miedo a todos los que estaban en el ruedo. Bailaron todos con él, como dice Sergio Dalma en su canción, en el polo, y el que más Cagancho, que, no contento con todo esto, empezó a pinchar al astado en zonas prohibidísimas. Y aun así. Hicieron falta los tres avisos. El tercero lo recibió mientras intentaba matarlo desde la barrera. Los subalternos intentaban también matar de cualquier forma. Tanto que cuentan las crónicas que a aquel toro lo asesinaron. Todavía con el animal vivo, la gente, enfadadísima, alguna ya con el enfado bañado en vino, se echó al ruedo, y se lanzó directamente a agredir al sobresaliente en espadas, que aquella tarde solo había sobresalido en desgana y cobardía. Cómo sería la que se armó, con unos cargando contra el torero, otros bregando con el toro herido, que un destacamento de Caballería que allí se encontraba reforzando a la Guardia Civil tuvo que emplearse a fondo para reducir a aquella enfervorecida marabunta. Los civiles tuvieron que escoltar al vituperado y agredido diestro para que pudiera salir de la que él mismo había organizado.
Y, claro, tuvo que armarse una muy buena para que desde entonces este episodio se convirtiera en el dicho “quedar como Cagancho en Almagro” para referirse a alguien al que le ha ido muy mal lo que pretendía. Aunque también sea cierto que si quitamos Almagro y ponemos Las Ventas, ¡cosas de lenguaje!, la expresión adquiere justamente el significado contrario. Lo que explica que Miguel Delibes pusiera en boca de algunos de sus personajes esta otra: “una ovación que ni Cagancho”.
